20 septiembre 2020

El infierno del que una nunca se despierta

Imagen: Y con unos lazos me izaron, por Sonia Gutiérrez (Colombia, 1947), 1977, acrílico sobre lienzo, 150 x 120 cm, Cali (Colombia), Museo de Arte Moderno La Tertulia © Sonia Gutiérrez.

Imagen: Y con unos lazos me izaron, por Sonia Gutiérrez (Colombia, 1947), 1977, acrílico sobre lienzo, 150 x 120 cm, Cali (Colombia), Museo de Arte Moderno La Tertulia © Sonia Gutiérrez.

Fragmento del testimonio de mi amiga del alma la profesora de Secundaria, Alicia Quesada Del Rosario, entrevista realizada en agosto de 2001 en Tilcara (Humahuaca) Argentina.

«(…) Yo vivía en pareja con Juan Carlos Cantori, cuando fuimos detenidos aquella madrugada, nos sacaron casi desnudos de nuestra cama en el Cerro de Las Rosas, no vi más a mi compañero, solo nos miramos llorando en el instante que nos metían a la fuerza en los dos autos, el estudiaba Matemáticas, yo Filosofía, los dos entre números y pensamientos tratábamos de construir un universo de amor y conciencia, siempre le agradecí a Juanito que me integrara entre sus amistades de la Universidad después de que yo llegara de las Canarias huyendo de los últimos coletazos de aquella maldita dictadura española, pero todo fue en vano, me metí en otra igual de criminal, formada por los mismos sicarios policiales, el mismo ejército que enseñó la más siniestra metodología de generar el dolor más brutal, las técnicas más dantescas de humillar a una mujer, de arrastrarse hasta la muerte a un ser humano. Este es mi testimonio Paquillo, posiblemente sea la primera y última vez que lo cuente porque me hace mucho daño recordar todo aquello, lo hago porque somos amigos de la infancia, porque reconozco tú trabajo y sé perfectamente el uso que le vas a dar:
Estaba embarazada de cuatro meses en el momento en que me detuvieron, me pusieron una capucha negra en la cabeza, en el coche iban también varias mujeres, lo supe por sus lamentos tras los golpes de los sicarios, sus quejidos, sus suspiros de dolor, sus susurros, su respiración lenta, su olor, su energía femenina solidaria, estuvimos mucho más tiempo del que deberíamos haber estado para llegar al centro de detención estoy segura, como hacían en estos casos trataban de despistarnos en el recorrido por si lográbamos escapar, cosa casi imposible, daban y daban absurdas vueltas por las mismas calles, se repetían los mismos ruidos, puestos ambulantes a punto de abrirse, gallinas cacareando, gente gritando sus productos en los mercados, el sonido del silencio en los descampados de las afueras de los barrios más desolados. Luego llegamos al lugar del horror. Nos bajaron a golpes, nos tenían las tetas destrozadas, no paraban de manosearlas mientras hacían aquel absurdo recorrido, todas sabíamos que nos iban a violar nada más llegar al siniestro espacio de la muerte.
No supe de las demás chicas, nunca vi sus caras, todas eran argentinas, yo era la única extranjera, las llevaron a cuartos contiguos, solo escuchaba sus alaridos, no eran gritos, eran chillidos terroríficos, así los he definido siempre, como si no fuera simplemente dolor, sino algo fuera de lo normal, el máximo de la maldad. Cuando todavía no lo había asimilado comenzaron a violarme, primero uno muy gordo y sudoroso que apestaba mucho, uno que se bajó los pantalones y sin quitarse lo correajes con la pistola me penetró por el ano poniendo mis piernas sobre sus hombros, mientras lo hacía me insultaba, me decía de todo, yo podía ver a cuatro o cinco hombres más que hacían cola para seguir violándome, luego también vi las ratas negras de cloaca enormes en jaulas para introducirlas por mi vagina y acabar con mi bebé en gestación. Todo fue tan rápido, para mi fue una especie de pesadilla, yo pensé que estaba en un mal sueño, una especie de infierno del que no podía despertar, en varias horas me vi en una celda del sótano sola, desnuda, con los muslos llenos de sangre, vacía por dentro, agujereada por todas partes, destrozada por dentro, más fuerte que nunca para seguir viviendo y resistiendo el clamor de la vida (…)»
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