28 septiembre 2020

Superviviente del abismo

Dibujo de Castelao ‘No fondo do mar’ de la colección "Atila en Galicia".

Todos sabíamos que las piedras las amarraban con sogas y vergillas al cuello de los hombres pa tirarlos al mar, así lo hicieron con miles en la isla, no había tregua, desde el barrio marinero lo sabíamos, aquellas luces no eran de pescadores, eran de asesinos falangistas

Lucio Melián Mejías

«(…) En la barquilla iba el jefe requeté, don Felipe Bombín, tres falangistas y dos guardias civiles, todos ellos nos sacaron la madrugada del jueves 13 de mayo de 1937 del campo de concentración de Gando, eramos siete hombres, todos de la Federación Obrera y Frente Popular, nos llevaron en una camioneta del Conde, de las que se usaban para llevar los racimos de plátanos al muelle. Antes de subir nos amarraron de pies y manos con verguilla muy apretada, casi nos cortaba la carne, tardamos mucho en llegar al Puerto de la Luz, allí estaban los de la benemérita esperando y dos falanges conocidos de La Isleta, nos colocaron en la popa de aquel pequeño barco de pesca, olía mucho a pescado salado, el motor ya estaba en marcha, sonaba con un ruido repetitivo que se te metía en la cabeza, tacatacatacatacataca, desde que salimos del viejo muelle pusieron rumbo hacia la costa de la Isleta, no íbamos muy adentro, como a quinientos metros, se divisaban luces en la zona militar, algunas hogueras nocturnas que abrigaban las guardias, Bombín dio la orden de echar el ancla, sonó como si se acabara el mundo, ruido de cadenas, en ese momento yo me había soltado las manos, las piernas era imposible porque me verían, aparte tenía el alambre clavado en las canillas. Entonces comenzaron por los que estaban más cerca de los fascistas, amarrándoles piedras enormes y muy pesadas al cuello, primero tiraron a Ramón Díaz, el aldeano que era luchador se reviró, empezó a moverse y a insultar a los asesinos, desde que cayó al agua se hizo el silencio, se fue al fondo a gran velocidad, luego siguieron con Cipriano, un muchacho joven de la La Palma que no recuerdo el apellido, el chiquillo no pasaba de los dieciocho años, el pobre lloraba y llamaba a su madre. En ese momento aproveché para lanzarme al mar de cabeza, estuve un rato margullando entre las balas de las ametralladoras y pistolas, al rato salí y la barquilla estaba a mi espalda, ellos seguían disparando al sentido contrario a donde yo estaba, entonces ya empecé a nadar moviendo las dos piernas, tal como habían enseñado los anarquistas catalanes que eran nadadores en la playa de Maspalomas, no quise parar a quitarme las vergas de la piernas por si me hundía por el cansancio y me ahogaba, seguí nadando hacia tierra orientado por las luces, el mar me refrescaba aunque el agua estuviera tan fría, las olas me ayudaban a llegar antes a la costa, en casi una hora estaba saliendo en una playa de piedras, recuerdo que se me clavaron varios erizos en la planta de los pies, luego me solté los tobillos y vi que tenía dos buenas heridas, cojeando me encaminé a la calle Faro, el refugio donde estuve seis meses de mi amigo el cambullonero, Juan Mederos Quintana, hasta que pude salir con su ayuda hacia el exilio en Venezuela…»

Testimonio de Francisco Montelongo Machín, sindicalista y jornalero, nacido en Sevilla y vecino de Las Palmas desde el año 1924.

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