«Y en la casa el silencio se mezclaba con palabras perdidas entre árboles y flores, se escuchaba el dolor y el miedo.»
Antoñita Cubas
Los silencios inexplicables eran habituales en mi infancia o el sonido susurrante de unas voces femeninas que ejercían de cuidadoras del gran secreto, lo que no querían que los pequeños conociéramos porque sucesos terribles habían sucedido apenas unas décadas antes. Quizá desde que los pistoleros falangistas destrozaron la cabeza del niño, el fusilamiento del abuelo, la prisión interminable de quienes lograron sobrevivir a la brutal persecución.
Mi madre no paraba de hacer sonar la vieja Sigma, eso me tranquilizaba mientras jugaba en el suelo con los muñecos del Gran Poderoso que venían a caballo entre el polvo del Ajax, dos ejércitos enfrentados ¡A galopar, a galopar hasta enterrarlos en el mar! Todos eran blancos, ganaban los buenos, aquellos que defendían fraternidades y sueños de igualdad y de justicia. Las conversaciones indescifrables de mi abuela con mi madre ¿Qué dirían? Cuánto dolor ocultado para que no sufriéramos. La herencia del miedo.
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