20 abril 2021

Veterinario de los pobres

Cantonera, galería de agua Lomito del Pleito, La Lechucilla de la Vega de San Mateo (Foto Carta Etnográfica Fedac)

«Los monstruos existen pero son demasiado pocos para ser realmente peligrosos; más peligrosos son los hombres comunes, los funcionarios dispuestos a creer y obedecer sin discutir…»

Primo Levi

«(…) El odio contra Miguel Arroyo les venía del trato que tenía con los paisanos que se dedicaban a la ganadería, sabían que el veterinario de los pobres muchas veces no cobraba por sus servicios, partos de noches enteras de vacas, yeguas, burras, la cabra que se envenenaba con alguna mala hierba, el perrillo ratonero o los abundantes podencos, que atendía en su casa de La Lechucilla. De trato agradable, sabía ponerse a la altura del bajo nivel cultural de los jornaleros y campesinos, les hablaba de anarquía, de autogestión, de ser dueños de sus tierras en manos de caciques de la nobleza colonial isleña, no le importaba que si no había dinero le regalaran un saco de papas, una bolsa de naranjas, un racimo de plátanos, hasta una lechera llena de aquel néctar caliente recién ordeñado. Me acuerdo cuando vinieron a detenerlo y los atendió su hijo Roberto, el muchacho tenía algún retraso y vivía con su padre los dos solos desde que al amor de Miguel se la llevó una tuberculosis. El chiquillo les decía que su padre estaba en La Angostura en casa de los Naranjo atendiendo unas vacas, pero los falanges lo que hicieron fue pegarle dos cachetones. Yo me acerqué con la idea de explicarles que el chico no era normal, que aunque tuviera aquel cuerpo tan alto y fuerte no tenía más de diez años mentales. Pero fue inútil, Miguel el Zapatero, falangista de Los Hoyos que yo conocía de la lucha canaria, se me encaró y me dijo que me fuera o también acababa en el fondo de un agujero. Lucía mi mujer me encerró en la cueva encochinado, no permitió que saliera más, desde el fondo de la caverna que teníamos de vivienda se oían los gritos del muchacho, lo estaban torturando allí en el cercado de papas, cuando vimos el cuerpo inerte sobre la era de trigo tenia casi todos los dedos de las manos cortados con una navaja peninsular, la cabeza destrozada por una piedra enorme. Luego vimos subir en el coche al pobre Miguel, traía en el sillón de detrás dos perros heridos que se encontró en el camino. Se volvió loco cuando vio muerto a su hijo, fue a por los falangistas pero allí mismo lo rodearon y le dieron leña de mala manera, se lo pasaban de puñete en puñete, de patada en patada aquellos cobardes como si fuera un balón de fútbol, al rato después de casi media hora se hizo el silencio, imaginamos que lo habían asesinado, dos horas después salimos y solo vimos al chiquillo en un charco de sangre y barro, de Miguel Arroyo el veterinario nacido en Cádiz no supimos más, la ladera donde le dieron la paliza estaba llena de sangre y tripas, lo habían reventado a golpes…»

Testimonio de Antonio Luján Artiles, vecino del municipio de San Mateo, Gran Canaria, en los años del genocidio.

Entrevista realizada por Francisco González Tejera, el 29 de septiembre de 1999, en la clínica y residencia de La Garita.

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