«El fascismo no es el contrario del capitalismo, sino su continuación en tiempos de crisis».
Bertolt Brecht
Escribo esto desde la memoria invencible, no desde la comodidad de la teoría académica. Soy nieto y sobrino de hombres a los que el franquismo asesinó. Vengo de dos familias, la materna y la paterna, que sufrieron la persecución del fascismo en sus carnes. Yo mismo sé perfectamente lo que es sufrir represalias laborales brutales por el único delito de exigir que se exhumara a los míos para darles una sepultura digna. Por eso, cuando veo debates superficiales en televisión sobre si nuestras instituciones son plenas y ejemplares, me resulta imposible no ver el hilo invisible que conecta el presente con nuestro pasado más oscuro.
La realidad es que el poder judicial y las fuerzas de seguridad actuales son el resultado directo de una Transición que prefirió la continuidad jurídica antes que la justicia real. Se decidió que los jueces y policías de la dictadura siguieran en sus despachos sin pasar por una sola depuración. Ese modelo se blindó con un sistema de oposiciones cerrado que, década tras década, ha ido clonando un sesgo ideológico ultraconservador en las altas esferas de los tribunales. Para quienes llevamos el dolor en los apellidos, que todavía queden cientos de miles de cuerpos tirados en fosas comunes y cunetas no es un problema de falta de presupuesto o de tiempo. Es la prueba física de un pacto de olvido institucional que desprotege a las víctimas mientras permite que colectivos neonazis campen a sus anchas y con total impunidad por las calles, exaltando el mismo horror que nos destrozó la vida.
Ahora mismo, tras años de peleas y muros, parece que administrativamente estoy cerca de poder enterrar a mis familiares como es debido. Pero lo hago con el corazón en un puño y con un escepticismo enorme. Sigo teniendo serias dudas de que nos dejen llegar al final cuando veo a diario trabas burocráticas y actitudes institucionales que ralentizan y rozan la complicidad con los propios genocidas. Esta impunidad que se respira no es una reliquia del pasado que esté a punto de desaparecer; es el motor de una democracia secuestrada desde dentro, donde los engranajes del Estado se van perfeccionando en silencio para proteger los privilegios de los mismos de siempre.
Lo peor es el escenario que se está construyendo para los que vienen detrás. El horizonte que les queda a las futuras generaciones es asfixiante y represivo. Para imponer un régimen autoritario ya no hace falta sacar los tanques a la calle ni recurrir a los paseos de madrugada. Hoy basta con la violencia silenciosa de un despacho, el uso quirúrgico de la guerra judicial y el linchamiento mediático para arruinarle la vida civil, laboral y económica a cualquiera que levante la voz. Si dejamos que la complicidad con el fascismo siga instalada en la cúspide del Estado, nuestros hijos heredarán un simulacro de democracia, un sistema de castigo preventivo diseñado para que el miedo y la precariedad ahoguen cualquier intento de rebeldía.
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