22 enero 2022

Zafra y miseria

Familia jornalera tinerfeña, principios del siglo XX (Fedac)

«Lo habitual era el desarraigo y la pobreza, cada familia aparcera comía lo que buenamente podía, muchas muertes por hambre, sobre todo de los infantes, un poder oligarca español de los caciques criollos, bien defensores de su cultura colonial explotadora y criminal».

Francisco Tarajano

A los recién nacidos no estaba permitido registrarlos por la alta mortalidad infantil, hasta los diez meses o un año no había garantías de supervivencia, entre tanta miseria los bebés morían masivamente de tifus, tuberculosis, gastroenteritis o una simple bronquitis.

Era habitual ver los entierros con cajitas minúsculas pintadas de blanco, parecían flotar sobre aquel pueblo triste, desarraigado, sin esperanza, de luto por el brutal genocidio. La caja que servía para muchas muertes, siempre abrazada por sus madres desoladas, soñando con que de repente se escuchara un llanto, la surrealista posibilidad de un milagro bendito, detrás la comitiva cabizbaja de familiares, amigos y vecinos, aquellos llantos parecían retumbar entre el fuerte viento de toda la costa desde Arinaga a la playa de Vargas.

Viéndolos de lejos eran como un grupito de hormigas cargando a una de sus más queridas compañeras, la imagen de la opresión, del desespero, de la inanición, donde cientos de viudas de asesinados por el fascismo isleño veían morir a sus hijos, muchas veces de hambre en sus brazos.

A cierta distancia los sicarios de los amos vestidos de azul miraban, agudizaban ojos y orejas buscando quizá alguna palabra disonante, un gesto disconforme con lo establecido, leer en los labios alguna desavenencia, un simple rostro de rebeldía, para lanzarse como perros salvajes sobre aquella pobre gente.