Pino Sosa, en el entierro de su padre 82 años después de que lo desaparecieran en los pozos de Arucas-Tenoya. LP
«¿Encontraremos los pelos de la vergüenza
las escamas óseas de una verdad agrietada
la vértebra de nuestra historia?…»
Elvira Hernández – Restos
Por aquel espacio del crimen, a pocos metros de la Playa de Las Alcaravaneras, pasaron miles de represaliados desde el golpe fascista del 36. El agua salada se teñía de rojo por la sangre que salía por los desagües de la escuela religiosa reconvertida en centro para cometer atrocidades sobre personas inocentes, humildes demócratas que defendían la legalidad de una democracia echa pedazos por el fascismo.
La noche del 28 de diciembre del mismo año los dos jefes falangistas de Las Palmas, Sixto Garcia y Eufemiano Fuentes, borrachos como cubas, tras los copeteos en el Bar Alemán de la calle Triana, ensayaban nuevas técnicas de tortura mucho antes que los expertos nazis durante la Segunda Guerra Mundial, convirtiendo los sótanos de aquella comisaría de Falange de la calle Luis Antúnez, actual Colegio La Salle, en un infierno donde quien entraba no salía vivo.
Estos genocidas, patriotas de ultraderecha, junto con otros componentes de las Brigadas del Amanecer, durante esa madrugada navideña asesinaron salvajemente a Juan Moreno, militante de la izquierda que no tenía apenas significación política, abriéndolo en canal con una navaja barbera y arrancandole las tripas con las manos, entre risotadas y alardes de fuerza de quién tiraba más.
También en la misma jornada nocturna de horror al trabajador andaluz de Telégrafos, Antonio M. Castillo, que llevaba muy poco tiempo residiendo en la isla, le metieron dos garfios de trinchar pescado, uno por cada ojo, y le reventaron el cráneo colgándolo a unas argollas fijadas en el techo.
La mayor parte de los cuerpos los enterraban en fosas comunes de los arenales del istmo de La Isleta, Ciudad Jardín y el Hotel Metropol.
Otros desaparecidos en pozos y agujeros volcánicos de medianías, norte y sureste de Gran Canaria.
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