29 de julio de 2026

La gruta y la brisa

«Y en el horizonte se veían luces que desesperados imaginábamos que eran camaradas logrando salir del laberinto.»

Eligio Martel Ramírez

En ese lugar indeterminado cerca de La Aldea, bien al norte de la isla redonda, seguirá intacta la gruta de la esperanza, donde se escondieron durante años aquellos hombres que de tener armas hubieran muerto combatiendo el fascismo. Azofra el leonés, Cándido el de Bañaderos, Damián el pedrero de Pisofirme y el resto sabían perfectamente que en aquella grieta minúscula, donde tenían que reptar para acceder después de escalar con cuerdas más de treinta metros no los encontrarían. Allí estuve con Elsa su nieta en los 80 y estaba intacta: los libros, las velas, los lebrillos para el gofio, las cajitas de madera todavía oliendo a sardinas saladas, la vieja libreta con las anotaciones. En la pared un poema de Lorca de amor por un hombre al otro lado del mar, en la hermosa Andalucía, donde otro pueblo se enfrentaba también a un horror jamás sufrido. Ahí seguirá igual ordenada, acogedora, oliendo a salitre, la cueva del milagro, cinco metros cuadrados de una dignidad que la sustenta en la historia ¿Cómo seguirá el sonido de las olas contra la pared en la marea alta? ¿La brisa clandestina? ¿Las luces a lo lejos de barcos desconocidos rumbo al continente americano?

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