Amanecer argentino II, 1984. Pastel sobre papel, del artista plástico Carlos Alonso
«(…) Tatuada con aspereza de balas y cárcel,
Sentida por todas como parte importante
De anhelos cercanos, de libertad y coraje,
Has llegado más lejos que el viento
Que fugitivo te llevó con él, te llevó con él…»
Barricada – Matilde Landa
-Las dos putas rojas estás no me las maten todavía, pónganlas aparte, que quiero darme gusto con ellas- le dijo el jefe falangista Pablo Frade a los torturadores mientras revisaba las cámaras de maltrato en el Colegio Los Jesuitas del barrio colonial de Vegueta.
Las dos muchachas se mantenían pegadas una a la otra, desnudas, sus cuerpos llenos de llagas y heridas, temblando de frío en un rincón de la sucia estancia, donde solo había un camastro de paja y ganchos en el techo utilizados para colgar por los ojos a los hombres detenidos en aquel infierno. Actual centro educativo religioso, que fue cedido temporalmente como comisaría para la detención y el exterminio por la Iglesia Católica a la organización paramilitar.
Lucía Ferreira, la más joven de las dos, gallega de nacimiento, era maestra en el barrio de La Isleta, apenas había cumplido los veinticinco años y había venido a la isla desde niña con sus padres que eran funcionarios en el Gobierno Civil, ambos desaparecidos el 24 de julio del 36.
La otra chica, María del Pino, era costurera y casada con Juan García, un jornalero miembro del Frente Popular y del sindicato UGT, también asesinado.
Luciña, como la solían llamar en el claustro, logró soltarse sus muñecas de las ataduras de soga de barco, miró por un instante con ojos llorosos y tristes a su compañera, se levantó tambaleándose, acercándose a una mesita donde agarró una navaja barbera y se cortó el cuello.
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