29 de julio de 2026

Orfandad del silencio

Galicia, noviembre de 1937. Niños acogidos en un centro de Auxilio Social saludan brazo en alto. EFE

«El miedo de saber nos condena a la ignorancia; el miedo de hacer, nos reduce a la impotencia. La dictadura militar, miedo de escuchar, miedo de decir, nos convirtió en sordomudos». 

Eduardo Galeano

A Nemesio Rodríguez Fajardo, lo ingresaron en el orfanato de la Casa del Niño en el Paseo de San José de Las Palmas, el mismo día de su quinto cumpleaños, una semana después de la detención y desaparición de sus padres en la casa cueva de El Risco de San Nicolás, donde la noche del 25 de agosto de 1936 entraron los falangistas tras echar la puerta abajo y emplearse con una violencia desmedida sobre la pareja entre patadas, puñetazos y culatazos, en presencia del menor que lloraba desesperado, ante el asombro de toda la vecindad que escuchaba los alaridos de dolor y los insultos de los pistoleros, los mismos que muy borrachos violaron salvajemente a la madre embarazada de su segundo retoño.

Nemesio no hablaba desde aquella noche y se mantenía todo el tiempo en un silencio sepulcral cuando las monjas lo presionaban, intentando sacarle información sobre su educación familiar. Estaban locas por saber si el niño sabía rezar y si estaba bautizado. No les preocupaba en absoluto el trauma brutal y todo el dolor acumulado por ser testigo directo de aquel horror inimaginable para tan corta edad.

Seis meses más tarde seguía callado, no decía nada aunque Sor Remedios lo azotara con una vara de acebuche. Tampoco podía llorar, solo miraba a los ojos a las religiosas en un gesto imperturbable, como si de repente algo hubiera muerto en lo más profundo de su conciencia:

-Es un tarado endemoniado este inútil y no nos sirve de nada, ni siquiera para venderlo barato porque nadie lo quiere- decía Sor Angelica Bravo de Laguna Cantero, que en aquellos años era la madre superiora.

About The Author