Pintura del artista plástico tinerfeño Luis Eduardo Fierro. Futura portada de uno de mis libros
«No nos perdonaron nunca que Guanarteme fuera una vanguardia obrera contra el caciquismo de los oligarcas agrícolas, por eso arrasaron por todo desde la noche del 36…»
Javier Martín Domínguez
“(…) Santo, santo, santo es el Señor,
Dios del universo.
el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo,
Hosanna en el cielo, en el cielo.
Bendito el que viene
en nombre del Señor…” tronaba a voz en grito en el interior del templo de Guanarteme. El que más alto cantaba era don Pedro Betancor, el único hijo de los terratenientes fascistas que salió religioso.
Afuera el ruido de los camiones y los falangistas deteniendo y disparando contra hombres desarmados con pistolas Astra y fusiles Máuser. El salón de la Iglesia parecía una especie de ceremonia ritual dantesca, que de alguna siniestra manera estuviera apadrinando los cientos de crímenes.
Quienes rezaban y se persignaban dándose golpes de pecho eran en la imaginaria celestial “los buenos”, elegidos por un Dios vestido de azul con un arma en la cintura. Los de la calle a los que sacaban a golpes de sus casas metiéndolos a culatazos en los camiones. Los acribillados a balazos, las mujeres y las niñas violadas en manada en la misma playa de Las Canteras por aquellos sicarios de Falange, eran “las malas”, “los malos”, “los demonios rojos” condenados al fuego eterno del infierno.
El coro no paraba y muchos morían escuchándolo de fondo en los inmensos arenales que atravesaban entre dunas gigantescas el Istmo hasta el campo de tiro de La Isleta, paredón y espacio de exterminio masivo.
Guanarteme que pertenecía al municipio rojo de San Lorenzo fue arrasada por los pistoleros que llegaban borrachos en los coches de los caciques ingleses y del tabaquero Eufemiano. Cuando la gente salió del santuario todavía quedaban en el suelo los cadáveres, algunos muchachos convulsionando o respirando aceleradamente en la espera desesperada de una muerte inminente.
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