«(…) los verdugos salieron a abrazarse/los gallinaláceos jorgean/los vasconcellos aguerrondizan/los pachecones echegonacen/los aldunates son tan tímidos/que cuando abrazan miran a la izquierda/la caravana es un largo ruido/autorizado por el gobierno/quizá el único sepelio estrepitoso/porque el muerto no llegó todavía…»
Mario Benedetti – Noche de sábado
Y al anochecer se prendían las velas desgastadas en la casita de tejado entre las retamas y los pinos gigantes del acantilado del Risco Jiménez. Desde allí se divisaba la vieja carretera de Teror con más tráfico del habitual bajo la llovizna veraniega de aquel triste septiembre del 36, donde la isla se había convertido en una telaraña de dolor de donde era casi imposible escapar.
Rosita Marrero, ponía a calentar el caldo de cilantro sobre el fogón de leña, mientras se escuchaba el canto de un alcaraván que en su vuelo se lanzaba al vacío del barrio de El Toscón, donde en ese instante eran sacados a la fuerza de su casa por falangistas los hermanos Miranda, acusados por el cura de San Lorenzo de ser afiliados a la Federación Obrera. Julio, el mayor, les gritaba mientras lo golpeaban que el joven Maximino no pertenecía al sindicato, que solo tenía catorce años:
-Llévenme a mí el chiquillo no está metido en nada- decía, hasta que lo dejaron inconsciente por una brutal patada en la cabeza.
Arriba entre la niebla no se escuchaba nada y la humilde familia campesina degustaba la comida caliente: unas papas, ajo, cebolla, tomate, perejil y huevo, era suficiente para calentar la barriga. Comían en silencio, Rosita miraba a sus niñas con temor, como si un presagio de horror subiera por las laderas desde que una Brigada del amanecer se llevara para siempre a su marido Antonio Mújica “El pedrero”.
Un viento helado apagó los cirios de repente haciéndose un silencio estremecedor tras un alarido de dolor y varios disparos al fondo del barranco.
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