«Amurallar el propio sufrimiento es arriesgarte a que te devore desde el interior.»
Frida Kahlo
Desde que el chiquillo fue asesinado por los falangistas en Tamaraceite, mi abuela paterna Dolores García López, no dejó de llorar, un llanto silencioso solo interrumpido por algún gemido de pena inconsolable, el ruido de una respiración que parecía faltarle el aire por momentos.
Su hermana Rosa le ponía en la nariz unas ramitas de hierba buena que cortaba delicadamente del pequeño jardín. Lola apenas comía y lo poco que engullía despacito casi siempre lo vomitaba. Desde diciembre a marzo los meses pasaron rápido como si fueran días, hasta que llegó la noticia al pueblo del fusilamiento de Pancho, su compañero de vida y padre de sus hijos.
Nada cambió y aquellas lágrimas no tuvieron tregua, brotando como un manantial entre la desolación de unas vidas destrozadas:
—Madre está malita déjenla tranquila yo me encargo de todo con ustedes- le decía Rosita a los tres huérfanos.
Los mirlos machos de pico amarillo cantaban en la vieja higuera y jugueteaban saltando sobre la tierra buscando lombrices. Ese era el único sonido entre aquel silencio aterrador y la gente que pasaba por la puerta lo notaba, percibían la energía de la tremenda desgracia de aquella casa prohibida, vetada a cualquier visita, vigilada en una guardia permanente, día y noche justo enfrente, en la misma esquina de la sede del Frente Popular, en esos años custodiada por hombres armados y otros enchaquetados que venían unas horas a revisar los documentos de las cientos de filiaciones en pleno genocidio isleño.
Mi abuela murió en vida tras esos sucesos y nunca más fue aquella mujer de sonrisa eterna, luego vinieron los años de persecución, estigmatización y brutal explotación en los tomateros de los terratenientes donde era la “mujer del comunista”, la “puta roja” acosada por los sicarios de los dueños de la isla. Sus ojos perdieron el brillo, la ceguera del alma, el derrumbe de un sueño.
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