29 de julio de 2026

Demonios

«Los más rezan con los mismos labios que usan para mentir».

José Ingenieros

La visita a Madrid de León XIV (de nombre secular Robert Francis Prevost), ha activado el engranaje de la devoción institucional. Las principales figuras del gobierno autonómico y municipal, representadas por Isabel Díaz Ayuso y José Luis Martínez-Almeida, se apresuran a desplegar las alfombras rojas de la piedad y el protocolo. Sin embargo, este fervor religioso contrasta de manera flagrante con la dureza de sus discursos diarios hacia un sector específico de la población: los migrantes. Una contradicción que no es fortuita, sino el reflejo de un entramado ideológico que fusiona el nacionalcatolicismo tradicional con el neoliberalismo más salvaje.

La hostilidad sistemática contra los menores extranjeros no acompañados, a quienes se deshumaniza bajo la etiqueta de «menas», y el rechazo frontal a la regularización de trabajadores extranjeros, conviven de forma natural con una nostalgia discursiva que coquetea abiertamente con el imaginario franquista. Este nacionalismo excluyente utiliza el señalamiento del migrante como una cortina de humo perfecta. Mientras se agita el miedo al diferente y se fractura la cohesión social, se ejecuta de fondo una agenda económica diseñada minuciosamente para desmantelar lo público.

El modelo madrileño se erige así como el laboratorio definitivo de la ultraderecha económica. Bajo la bandera de una «libertad» malentendida —que solo ejercen quienes pueden pagarla—, se esconde la defensa a ultranza de un neoliberalismo radical que perjudica directamente a la clase trabajadora. La hoja de ruta es constante: asfixiar los servicios esenciales mediante recortes presupuestarios, degradar la atención ciudadana y transferir sistemáticamente el patrimonio colectivo a manos privadas a través de privatizaciones encubiertas.

Los efectos de este desmantelamiento son devastadores y palpables en el día a día de los ciudadanos. En el ámbito de la sanidad pública, la asfixia presupuestaria ha empujado al personal sanitario a mantener prolongadas huelgas médicas en demanda de condiciones dignas, retratando el colapso crónico de las urgencias extrahospitalarias, la falta de personal y unas listas de espera estructurales que obligan a quienes no pueden pagar un seguro privado a esperar meses por una consulta especializada.

Paralelamente, la vivienda en la capital se ha convertido en un bien de lujo inalcanzable. El rechazo sistemático del gobierno regional a aplicar topes a los precios del alquiler y la desprotección ante los desahucios han provocado una emergencia habitacional que expulsa a las familias trabajadoras y cronifica la imposibilidad de emancipación de los jóvenes. La tibias medidas de vivienda protegida o parches municipales a largo plazo resultan insuficientes ante un mercado desregulado que prioriza la especulación frente al derecho constitucional a un hogar habitable.

Esta disonancia revela una instrumentalización de la fe. Resulta hipócrita buscar la bendición de un Pontífice que clama contra «la economía que mata» y exige dignidad para los vulnerables, mientras a nivel local se desprotege a las familias trabajadoras, se encarece la vivienda y se desatiende la vulnerabilidad social. La política de Ayuso y Almeida no es un ejercicio de fe, sino una doctrina de privilegios. Si la bienvenida al Papa se reduce a una foto oficial mientras se mantiene la hostilidad hacia el extranjero y el castigo social al trabajador, la piedad exhibida en los altares no será más que una puesta en escena vacía de contenido.

Siento curiosidad por saber si en su mundo paralelo de misas, comuniones, hostias consagradas, creencias en demonios, exorcismos, olor a azufre, vírgenes, santos repletos de llagas y heridas por las torturas, les pasará remotamente por sus oscuros y arcaicos cerebros de mosquito, que cuando se mueran, por su extrema maldad, irán directos al horror ardiente de los infiernos.

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