29 de agosto de 2026

Sarito y la turbulenta madrugada

Recreación creada por IA de la actividad represiva de Falange Española en Canarias.

«A mí lo que más me conmueve es que las dictaduras militares o civiles siempre intentan robarnos el pasado, vaciar las palabras de sentido para que la gente no recuerde»

Juan Gelman

Aquel diciembre del 36, el frío de la cumbre bajaba con violencia por el barranco, pero el verdadero espanto entró a patadas en la casa de Bañaderos. A Sarito Pino la sacaron desnuda de la cama, arrancándole de cuajo a su bebé de los brazos mientras la criatura se aferraba al pecho para mamar. Sus verdugos no eran extraños venidos de fuera; eran los vecinos de toda la vida, hombres de Cardones y de los alrededores que ahora vestían la camisa azul de Falange y exhibían pistolas al cinto con el orgullo del asesino protegido.

En medio de los gritos y el llanto de la niña, emergió la figura del cura de Madrelagua. Con una frialdad eclesiástica, el sacerdote agarró a la pequeña y la envolvió en una manta de lana. Era un viejo conocido en el municipio de Arucas, perro fiel y ayudante de don Domingo Suárez Trejo, el arcipreste del norte de Gran Canaria que bendecía la cacería desde los altares. Sarito ya no tenía lágrimas. No había levantado cabeza desde que, meses atrás, se llevaron a su marido en aquellas barquillas atuneras para hundirlo en el olvido del océano. «Es la forma más rápida de que no se sepa más nada de estos rojos hijos de puta», solía jactarse el hijo de la marquesa entre risas y copas de coñac en las reuniones de Falange, allí en la sede de la ciudad de la piedra de cantería.

A la menor la entregaron esa misma tarde en el hospicio de Las Palmas, un edificio gris donde el llanto de los huérfanos se ahogaba entre rezos obligatorios y castigos severos. Allí, por orden expresa del jefe de la curia, se encargaron de borrar el rastro de su origen. Le cambiaron el nombre en el registro civil y la bautizaron de nuevo bajo el amparo de apellidos inventados, despojándola de la identidad de sus padres asesinados. Creció bajo el dogma del miedo, el frío de los camastros y la doctrina de que su existencia era una deuda perdonada por la Iglesia.

Años más tarde, la niña —que ya caminaba y hablaba con los modales sumisos que imponían las monjas— fue entregada en adopción a una familia de la burguesía agraria de Guía, muy cercana a los intereses plataneros de los Betancores. Creció sin saber que las tierras que sustentaban su nueva vida de señorita habían pertenecido a los vecinos que delataron a su madre. Sin embargo, el silencio de la dictadura no es eterno. Décadas después, cuando la ancianidad ya le blanqueaba el pelo, la mirada limpia y altiva de aquella mujer frente al mar del norte de Gran Canaria seguía siendo el vivo retrato de Sarito Pino, una huella genética que ninguna sotana ni ningún registro falso pudieron borrar de la historia de la isla.

Con el tiempo se supo que a su madre no la llevaron a un pozo, le reservaron un infierno en vida. La arrastraron hasta un prostíbulo de Vegueta, una vieja casa colonial reconvertida en el matadero de la dignidad de las mujeres, esposas e hijas de los republicanos asesinados desde julio del 36. «El descanso de los guerreros de la santa cruzada», lo llamaba con sorna el jefe falangista Alfredo Rivas, conocido empresario de las tintorerías de Las Palmas. En aquellas habitaciones oscuras se sabía que la esperanza de vida no pasaba de los dos años; los cuerpos de las mujeres colapsaban, destrozados por el maltrato sistemático y las infecciones venéreas, obligadas a soportar cada noche el paso de treinta o cuarenta hombres borrachos o drogados, los herederos y apellidos ilustres de la alta sociedad isleña.

Una noche, tras el horror de las violaciones, el silencio se adueñó del cuarto. El cacique agrícola Domingo Cambreleng se quedó dormido, dejando sus ropas tiradas en el suelo. Sarito, con el cuerpo roto pero la mirada fija en el final, registró los bolsillos hasta que sus dedos tropezaron con el cabo de un cuchillo canario. No hubo llanto, ni súplicas, ni notas de despedida. Con la firmeza de quien recupera el control de su propio destino frente a la vileza de sus captores, hundió el acero en su yugular, cortando de golpe el hilo de su sufrimiento en un último acto de trágica y dolorosa resistencia contra la barbarie.

El terrateniente abrió los ojos con el letargo pesado del alcohol y la soberbia rodándole en la cabeza. La luz sucia de la mañana entraba por los ventanales de la vieja mansión, alumbrando el desorden de las ropas tiradas y las botellas vacías. Al estirar el brazo buscando el cuerpo de la muchacha, sus dedos tropezaron con un charco denso, pastoso y ya frío que empapaba las sábanas.

Se incorporó de golpe, con el corazón dándole un vuelco que no era de compasión, sino de puro pánico. Allí estaba ella, con los ojos fijos en el techo y la garganta rajada de parte a parte. A pocos centímetros, el cabo de su propio naife, la heráldica de su familia, brillaba cubierto de una costra oscura. Se le fue el color del rostro. No sintió lástima por la muchacha de Bañaderos a la que habían destrozado la vida; sintió el terror del poderoso que ve manchado su apellido por el escándalo.—¡Hija de puta! —maldijo entre dientes, saltando de la cama mientras se limpiaba las manos ensangrentadas en las cortinas de la habitación.

Su primera reacción fue de una cobardía absoluta. El hombre que manejaba parte de los destinos y las tierras del norte de la isla, el que firmaba las listas de los que debían desaparecer en los pozos, temblaba como un chiquillo temiendo que el suicidio de una «roja» en su cama se convirtiera en el chisme de los salones de la alta sociedad de Las Palmas. Con prisa desesperada, vistiéndose a tropezones, salió al pasillo gritando, llamando a Rivas, había que hacer desaparecer el cuerpo antes de que el sol de la mañana delatara que la violencia fascista había empujado a una madre a rajarse el cuello en su propio lecho de vicio. Para el hacendado, la muerte de Sarito no fue una tragedia, sino un estorbo que debía enterrarse rápido y sin ruido en alguna fosa común oculta y anónima de la isla.

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