«No perdonaron que las escuelas dejaran de oler a incienso para oler a libertad. El magisterio republicano fue la vanguardia de un país que despertaba, y por eso fue su primera víctima.»
Antoni Benaiges
El proyecto de don Luis Antúnez Monzón era limpio, transparente, cargado de esa nobleza ingenua de los patricios canarios que creían en el porvenir de los descalzos. Dejó escrito en el papel de 1927 su deseo de levantar ladrillos, colocar pupitres y llenar pizarras para los huérfanos y los hijos de las familias más empobrecidas de la isla. Comercio, letras y gramática elemental. Nueve años de esfuerzos costó levantar aquellas paredes, dándole forma a un sueño pedagógico que se desmoronó antes de que los niños pudieran estrenar su primer cuaderno de caligrafía. En el fatídico verano del 36, el fascismo asaltó las calles, los mapas cambiaron de manos a golpe de fusil y las aulas relucientes se llenaron de hombres oscuros que no iban a enseñar, sino a limpiar armamento, generar dolor, violar, asesinar y sembrar el terror.
Las Escuelas Antúnez pasaron a nombrarse con susurros de pánico en las esquinas, aunque el rótulo de la fachada siguiera intacto. La intolerancia y el odio convirtieron aquel templo de la educación popular en una siniestra comisaría de Falange y en un centro de exterminio, un rincón de tormento coordinado por mandos militares como el capitán Camón y donde se apagaban los alaridos acelerando los motores de los vehículos en el patio interior. El aroma a tiza y madera nueva fue sepultado por el hedor de la lona militar mojada, el sudor del pánico y el hierro de las armas.
Toda Gran Canaria se había transformado en un archipiélago de horror, una inmensa red de jaulas e iglesias improvisadas como cárceles administradas bajo la bota autoritaria. No hacía falta un frente de guerra abierto para que la sangre corriera por los barrancos; la estrategia aquí era el exterminio sistemático, el goteo nocturno del secuestro de casa en casa. Desde los pozos malditos de Arucas, Tenoya, Tamaraceite, Los Giles, Telde, Guayadeque…, hasta los cuarteles y fosas comunes improvisadas de Las Palmas, pasando por el Colegio de los Jesuitas en el barrio de Vegueta, el Gabinete Literario, cualquier sótano o almacén era válido para que los verdugos rompieran la dignidad de un ser humano. Las aguas del Atlántico devolvían de vez en cuando cuerpos destrozados a las playas orilladas, mientras los abismos volcánicos y las simas del interior tragaban vidas enteras en el más absoluto y cómplice de los silencios.
Hacinados e incomunicados en aquellos sótanos donde el aire se extinguía, los detenidos padecían el ensañamiento de un sadismo planificado al milímetro. Santiago Martín Vera, vecino de Tenoya que sobrevivió milagrosamente al infierno para relatar el espanto décadas después, revivía en su memoria el eco seco de las botas contra el cemento, el rugido de los camiones cargados que arribaban en la oscuridad de la noche y el suelo del patio convertido en un matadero donde la sangre fluía en abundancia. Lo más doloroso era que los torturadores se movían bajo el amparo de personajes como el cacique Miguel Bombín, el teniente Manuel Soria o Antonio Cardona, y contaban con la complicidad activa de los caciques del día anterior; paisanos comunes y hombres de la oligarquía que se despojaban de toda condición humana al cruzar el umbral del recinto. Alfredo Rivas, el dueño de la tintorería, Fuentes, el patrono tabaquero, y Pedro Samsó, junto a otros falangistas locales convertidos en verdugos profesionales, empuñaban fustas, pingas de buey y afiladas navajillas de afeitar con el sadismo de quienes gozaban de total impunidad. Utilizaban ganchos grandes de pesca para colgar del techo a hombres indefensos hasta causarles una muerte agónica. En una estancia contigua, sobre un colchón viejo infestado de chinches, las brigadas violaban en grupo a las esposas, madres e hijas de los represaliados, ensañándose con mujeres inocentes que en ocasiones eran casi niñas.
En el exterior, el obispo Antonio Pildain intentaba infructuosamente interponer un atisbo de freno o cordura eclesiástica ante aquella maquinaria de exterminio clandestino. Aunque el prelado apoyaba la causa de los sublevados, su sensibilidad chocaba frontalmente contra las aberraciones salvajes de la sedición. Pero la palabra del religioso se estrelló contra la arrogancia de los militares golpistas y la codicia de una oligarquía terrateniente llena de odio, dispuesta a imponer su poder de clase por encima de cualquier principio humanitario.
Fueron cientos los hombres que cruzaron con las manos amarradas a la espalda aquellas puertas para jamás ser vistos. La madrugada del 5 de abril de 1937 las brigadas del amanecer sacaron de las celdas a veintiocho vecinos de Agaete detenidos el día anterior. Iban completamente destrozados, convertidos en piltrafas humanas por el castigo, arrastrando las piernas heridas por los pasillos de un edificio que nació para ser escuela. Tras ser subidos a la fuerza en los camiones de la muerte en un traslado ilegal, sus rastros se disolvieron para siempre en la bruma de la impunidad. Todo indica que la comitiva enfiló los caminos hacia las profundidades de la tierra canaria, tal vez la Sima Jinámar, hacia esas fosas naturales inaccesibles que los asesinos usaron para sepultar la verdad y negarles una sepultura digna a sus víctimas.
Hoy, tras aquellos muros impecables, el silencio sigue siendo la asignatura obligatoria. Todo comenzó en aquel 1938, cuando el edificio fue entregado a los Salesianos; mientras los chiquillos asistían a clase intentando aprender oraciones, en una sección apartada del mismo recinto se continuaba torturando a los disidentes, mezclando el murmullo de los rezos infantiles con los quejidos de la represión activa. Esa herencia de amnesia programada ha pervivido hasta la actualidad, bajo la gestión del colegio La Salle, un centro que hoy presume de ofrecer una educación alternativa y moderna, dirigida con mimo a esa clase media capaz de abonar la cuota mensual. En sus folletos luminosos y en sus aulas climatizadas no hay espacio para la memoria; no existe ni una remota mención a que esas mismas estancias fueron el epicentro del horror fascista. Los actuales alumnos y alumnas ignoran que caminan sobre el suelo donde también maestros y maestras republicanas, defensores de la escuela laica y la justicia social, fueron atormentados hasta la muerte por el simple delito de querer enseñar a pensar a los hijos de los pobres.
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