27 de julio de 2026

El beso de Santa Ana

Recreación generada por IA de ese instante heroico.

«Cuando la extrema derecha habla de proteger la ‘familia natural’, lo que realmente está diciendo es que las vidas y los amores de millones de personas son antinaturales e ilegítimos.»

Javier Ruescas, Escritor y activista LGTBIQ+

El aire en la plaza de Santa Ana quemaba aquel martes 21 de julio de 1936. No era por el sol, sino por el miedo que se respiraba en Las Palmas, denso y asfixiante. El olor a sudor de hombres acorralados se mezclaba con el humo negro de los papeles que se quemaban a toda prisa en las sedes obreras. Desde los soportales, la plaza parecía una ratonera. Los falangistas de las brigadas del amanecer andaban crecidos, arrastrando a porrazos a cualquiera que oliera a sindicato o al Frente Popular, mientras el ruido seco de sus botas militares resonaba contra los adoquines entre gritos y carreras desesperadas.

En medio de aquel lodo, las garras del nuevo régimen se cerraron sobre Juaneco y Roberto.

A los dos jóvenes los conocían bien en los entornos obreros de la isla. En un momento histórico que castigaba su condición como un pecado y una enfermedad, ellos compartían una homosexualidad que la calle señalaba con el insulto fácil de «maricones de mierda». Sin embargo, frente al desprecio general, ambos habían construido un amor clandestino y valiente. Su vida eran miradas de reojo en los bares y fiestas de pueblo, paseos discretos al caer la tarde y un cuidado mutuo constante para no levantar sospechas. Se querían en un mundo que no perdonaba a los que eran como ellos, y ese día, su refugio secreto quedó expuesto ante la brutalidad del golpe militar.

Los falangistas los arrastraron a empujones y los cercaron contra la piedra fría de la plaza. No hacía falta ser adivino para saber lo que les esperaba a manos de aquellos sicarios: los camiones grises, las palizas en los calabozos y el viaje sin retorno hacia los espacios de exterminio insulares. La muerte ya estaba decidida.

Fue entonces cuando la dignidad desafió a la barbarie. Aprovechando un instante de confusión, justo cuando los guardias se giraban para reducir a un obrero portuario que se resistía, Juaneco miró a Roberto. No había pánico en sus ojos, sino una lucidez total. Con las manos amarradas por el destino, se buscaron y se unieron en un beso.

Fue un beso corto, apenas un roce de labios desesperado y húmedo. Un gesto limpio, despojado de la vergüenza que la sociedad siempre había intentado imponerles. En mitad del triunfo fascista, aquel beso fue su última trinchera, un acto de soberanía absoluta antes de que el mundo se apagara para ellos.

La reacción de las brigadas fue una explosión de odio primitivo. Aquel gesto de amor enfureció a los captores más que si les hubieran disparado; les resultaba intolerable que, a las puertas de la muerte, dos hombres se atrevieran a amarse. Los separaron violentamente, derribándolos contra el suelo. Los golpes de las culatas y las patadas empezaron a sonar secas sobre la carne y los huesos, acompañados de insultos homófobos escupidos con asco. La sangre no tardó en manchar las piedras delante de la catedral, pero el golpe ya estaba dado. Aquel tierno contacto de labios, breve e inédito, se quedó grabado para siempre en la memoria de la plaza.

Los golpes cesaron solo cuando el sargento de la brigada dio la orden de cargarlos. Los levantaron del suelo y a empujones, destrozados por la turba, pero con la cabeza alta. Al fondo de la plaza de Santa Ana esperaba un camión cargado de hombres detenidos, con el motor en marcha y el tubo de escape escupiendo un humo denso que apestaba a gasoil.

Los tiraron a la trasera como si fueran sacos de carbón, junto a otros obreros y militantes que sangraban en silencio. Juaneco y Roberto buscaron el suelo de madera del vehículo y, a pesar de las costillas rotas y el dolor, arrastraron los cuerpos hasta quedar hombro con hombro. Sus manos, manchadas de tierra y sangre, se encontraron a ciegas entre las sombras de la lona.

El camión pegó un tirón violento y enfiló la cuesta, alejándose de la multitud desalada. Los que miraban escondidos tras las ventanas supieron de inmediato que la ruta no iba hacia los calabozos, sino hacia la carretera del sur, camino de la Sima. En mitad del traqueteo y del polvo del camino, los dos jóvenes se apretaron con la poca fuerza que les quedaba. El fascismo les había quitado el futuro, pero el recuerdo de aquel beso corto y limpio bajo el cielo de Las Palmas ya no se lo podía arrancar nadie.

About The Author