27 de julio de 2026

Remolino de sal

«El mar devuelve todo. Esta vez devolvió un pedazo de hierro con un botón incrustado».

Patricio Guzmán – El botón de nácar

—Es una playa traicionera como el diablo que en la misma orilla se forma un remolino y te chupa pa dentro y después pal fondo sin que tengas tiempo a coger un sorbo de aire —decía Facundito “El Salema”, pescador artesanal de San Cristóbal, curtido desde niño en esas aguas misteriosas que batían con fuerza desde La Marfea hasta la cala de Triana. Conocía la mar del sur como la palma de su mano, sabía leer las corrientes que fluían con rabia por la costa, pero nunca se imaginó que ese oleaje que tantas veces le había dado de comer se convertiría en el vertedero del espanto de los señores de la isla.

Allí el Atlántico no tenía paz. Tiraban a los hombres tanto de los riscos dentro de sacos como desde alta mar, en los barcos atuneros que venían de Mogán cargados de muerte. Los asesinos buscaban el olvido definitivo de la fosa azul, pero la mar se negaba a ser su cómplice. Algunos cuerpos, reventados por la fuerza de las corrientes profundas, salían a flote a los tres días inflados como sopladeras y aparecían en la costa flotando cerca de las rocas. El descubrimiento sembraba el asombro y el miedo entre la vecindad del barrio marinero, que contemplaba en silencio la verdad desnuda que el oleaje devolvía a la orilla.

Al enterarse del hallazgo, los guardias y los falangistas bajaban a la playa con las caras envenenadas de rabia. Ciegos de odio, no podían permitir que el jodío océano les hiciera esa trastada, devolviendo las pruebas de la matanza que ellos intentaban ocultar bajo el agua. Les reventaba que el mar rompiera el muro de silencio y que todo el pueblo pudiera ver, con sus propios ojos, los crímenes que estaban cometiendo desde el 18 de julio del 36. Recogían los restos a prisa, insultando a los testigos y amenazando a los pescadores como Facundito para que cerraran la boca, intentando inútilmente volver a sepultar una memoria que el Atlántico, testarudo y rebelde, se empeñaba en escupir contra la arena de la isla maldita.

El rumor de que la marea había arrastrado otro bulto a la orilla corría por las callejuelas de San Cristóbal antes de que los falangistas lograran acordonar la zona. Las mujeres del barrio marinero bajaban a la carrera hacia las rocas, amarrándose los pañuelos a la cabeza con las manos temblorosas y el corazón en un puño. Sabían perfectamente a lo que venían; cada cuerpo devuelto por el oleaje de La Marfea y La Laja era la respuesta macabra a una de las tantas preguntas que flotaban en los hogares desde la noche del golpe fascista.

Al llegar a la rompiente, el horror se transformaba en un llanto ahogado, seco, contenido por el miedo a las culatas de los guardias. No hacía falta ver los rostros desfigurados por el salitre y los tres días de flotación; a las mujeres de los pescadores les bastaba un segundo para reconocer las costuras. Identificaban los remiendos hechos a mano en las camisas de mil rayas, el trozo de tela de saco con el que habían arreglado un pantalón de faena o los botones de nácar que ellas mismas habían cosido antes de la saca nocturna.—¡Es el mío, virgen santa, es el mío! —gemía alguna madre de rodillas sobre los callaos, rota por el dolor al reconocer el color desteñido de una chaqueta de lona.

La confirmación de la muerte, lejos de traer paz, desataba una mezcla de rabia y desesperación en la playa. Las vecinas se arremolinaban alrededor de la madre o la esposa, sosteniéndola para que no se arrojara sobre los restos humanos que los falangistas ya arrastraban sin el menor respeto. Las miradas que las mujeres clavaban en los uniformados eran de puro veneno; un silencio cargado de odio colectivizado que desafiaba a los fusiles. Sabían que esos cuerpos rotos que el océano se negaba a esconder eran en algunos casos los de sus hombres, los vecinos de toda la vida que los barcos habían arrojado al abismo. Aunque los esbirros de camisa azul se apresuraran a cargar el cadáver en el camión entre insultos y amenazas, las mujeres de San Cristóbal regresaban a sus casas con la certeza grabada a fuego de que el mar había hecho justicia a su manera, devolviéndoles los jirones de una verdad que ninguna potala ni ejecución salvaje les iba a poder arrancar de la memoria.

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