«A base de pico y pala abrimos la carretera, pero la abrimos con nuestra sangre y la de los compañeros que allí cayeron. Íbamos descalzos, con frío, maltratados por el hambre… se iban secando hasta que morían.»
Luis Ortiz, describiendo las extremas condiciones de la construcción de carreteras.
Las interminables plantaciones de tomates de Jinámar se tragaban la vida de los cautivos en una rutina de golpes y surcos. La jornada en aquellas tierras del Condado arrancaba a las cuatro de la mañana, cuando los cabos de vara irrumpían en los alpendres a gritos entre camastros de madera, donde aquellos desgraciados dormían hacinados de a tres para darse calor. Tras recibir una ración miserable de pan duro y un trago de agua, los empujaban al durísimo trabajo antes de que saliera el sol, en una línea de cultivo asfixiante que se extendía hasta perderse de vista en la misma playa de Boca Barranco.
Aquel engranaje agrícola no se detenía nunca porque se nutría directamente del campo de concentración de Gando. De allí, los guardias seleccionaban a los presos más jóvenes y corpulentos; buscaban hombres de manos agrietadas por el campo y espaldas fuertes, ideales para soportar el castigo del terreno. Para cuando llegó el invierno de 1938, este grupo seleccionado ya acumulaba dos años arrastrando las cadenas de ese trabajo esclavo, viendo cómo el tiempo se les iba en un cautiverio que parecía no tener fin.
El desgaste de esos veinticuatro meses forzados terminaba por quebrar el cuerpo y la mente. Los hombres perdían el rictus humano; caminaban por la hacienda como espectros de piel pegada al hueso, rodeados siempre por los esbirros del señorío. Hablar entre compañeros estaba prohibido. Detener la azada un solo segundo para tomar un poco de aire significaba una paliza segura.
El siete de enero de 1938, Antonio Juan Ramírez Santiago, un joven pedrero de Castillo del Romeral que aún conservaba el orgullo intacto, plantó la herramienta en la tierra. Veinte hombres lo siguieron en silencio, en una huelga desesperada y muda nacida de la más absoluta soledad. Sabían que no tenían salida, pero el cuerpo y el alma, destrozados por la fatiga de tantos meses de miseria, ya no les daban para más.
La protesta duró apenas unas horas. Los capataces querían un castigo ejemplar. Reunieron a los cientos de prisioneros y a las mujeres aparceras de los alrededores, obligándolos a mirar. A patadas, puñetazos, culatazos y vergazos, los esbirros torturaron salvajemente a los veinte rebeldes frente a la multitud atemorizada. Ninguno de los muchachos abrió la boca; resistieron el dolor con un silencio heroico, tragándose los gritos para no delatar a nadie.
Al caer la tarde, los llevaron a una explanada frente al rabioso mar. Los obligaron a arrodillarse con las manos amarradas a la espalda, mirando hacia el horizonte gris del Atlántico. Varios sicarios de la finca se colocaron detrás. Sonaron los disparos, uno a uno, directos a la nuca, quebrando el ruido del oleaje.
Cuando todo terminó, los capataces ordenaron al resto de los trabajadores cargar con los cuerpos de sus propios compañeros. Los llevaron a hombros, pesados como sacos de papas, hasta una fosa común excavada a la prisa en la Finca de La Noria. Allí los arrojaron en montón y, antes de cubrirlos con tierra, los sepultureros vertieron paladas de cal viva para borrar sus rostros y su historia bajo el suelo basáltico de Jinámar.
La tierra se cerró y el silencio impuesto por las armas se encargó del resto. Durante décadas, el viento de la costa ha seguido soplando sobre la hacienda, arrastrando el polvo y borrando las huellas de los pasos que allí se detuvieron para siempre. Quienes ordenaron la cal viva buscaban precisamente eso: que el tiempo oxidara los nombres, que el miedo sepultara los testimonios y que la historia olvidara que bajo los tomateros florecientes latía la sangre de veinte hombres dignos. Sin embargo, la memoria tiene la persistencia del mar que rompe en Boca Barranco; aunque intenten enterrarla en el rincón más oscuro, siempre encuentra una grieta por donde regresar a la superficie para recordar que aquellos espectros andantes tuvieron nombre, tuvieron coraje y que su último silencio no fue de sumisión, sino de una inquebrantable e indestructible dignidad.
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