11 de agosto de 2026

La leche de Julia

Gerrit Zegelaar, Interior con madre lactante. Städel Museum, Frankfurt am Main

«Dejaban a sus propios hijos para amamantar a los de los burgueses, a cambio de dinero para que sus familias pudieran subsistir».

Regina Carral, investigadora, abogada y autora especializada en el estudio biográfico de la lactancia asalariada.

El despacho del conde olía a tabaco de importación, a cuero rancio y a la leche tibia que le brotaba a Julia Trujillo de los pechos. Por unas pocas pesetas al mes, la joven aparcera pasaba las tardes sentada en una butaca de terciopelo, en el rincón más oscuro de la mansión del sur. Allí, en un silencio que se pegaba a las paredes, Borja, el hijo del amo, mamaba con una fijeza extraña en los ojos, ajeno al mundo, tragando el alimento cálido que a su propia madre le faltaba para su hijo de verdad.

Julia miraba al techo, obligándose a respirar despacio. Sabía que si se ponía nerviosa, la leche se le cortaba o salía amarga, y el niño tenía que mamar sereno. Pero era difícil mantener el pulso quieto cuando el picaporte de la puerta principal no dejaba de sonar.

Tras el golpe de estado, la mansión se había llenado de moscas y de uniformes. Los mandos de Falange y los guardias civiles entraban sin limpiarse las botas, con las cartucheras abiertas y el sudor de la carretera pegado a la frente. Venían a dar novedades al Grande de España. Traían listas arrugadas en los bolsillos y recitaban, con una frialdad que helaba la sangre, los nombres y apellidos de los últimos detenidos en Tirajana y resto de la isla redonda. Algunos vecinos que Julia conocía de toda la vida. Decían de qué se les acusaba en voz alta, rompiendo la paz del cuarto.

El conde ni siquiera los miraba a la cara. Escuchaba el informe mientras firmaba papeles o se servía una copa.

—A este, café. De inmediato —decía con un hilo de voz, dictando la muerte sin levantar la vista.

Luego venía lo demás. Con un gesto aburrido de la mano, el amo señalaba a quiénes había que torturar hasta que no les quedara aliento, a qué familias de los campos vecinos se les expropiarían las tierras y los animales, y a qué mujeres encarceladas les arrancarían los hijos para dárselos a la gente de bien.

Julia apretaba los dientes y acariciaba la cabeza pelona del bebé, que seguía succionando con fuerza. Sentía un nudo de hielo en el estómago, pero no se movía. Se quedaba allí, de piedra, tragándose el terror en la penumbra, mientras el hijo del verdugo se llenaba la boca con la sangre de los pobres.

El conde no levantó la vista del documento que revisaba, pero detuvo la pluma en el aire. Uno de los falangistas, un tipo joven con la camisa azul empapada en sudor, dio un paso al frente dando un taconazo que hizo vibrar las copas de cristal de la vitrina.

—Tenemos también al maestro, excelencia —dijo el falangista, carraspeando—. Lo sacamos de la escuela vieja. Dice que él solo enseñaba a leer, pero le encontramos panfletos en el colchón.

¿Qué hacemos con él?

El Grande de España dejó caer la pluma con una lentitud exasperante, cogió su vaso de wiski y bebió un sorbo corto antes de mirar al uniforme.

—¿El maestro? —preguntó el conde con voz plana, casi aburrida—. Ese hombre tiene demasiada saliva. Llévenlo al barranco antes del amanecer y denle café. Bien cargado. Y que la viuda no herede ni la tiza; esa casa pasa a ser del movimiento mañana mismo.

Al oír el nombre del maestro, el pecho de Julia dio un vuelco salvaje y un hilillo de leche tibia se escurrió fuera de la boca del bebé. Borja soltó el pezón y empezó a quejarse, rompiendo el tenso silencio del despacho con un gemido agudo. El conde giró la cabeza hacia el rincón oscuro, clavando sus ojos grises en la muchacha.

—Cállame a ese niño, Julia —ordenó con una calma que daba más miedo que un grito—. No dejes que se trague tu susto, que luego le da cólico. Anda, haz tu trabajo.

Julia forzó una sonrisa desvaída, esa mueca sumisa que los ricos esperaban de los de su clase, y volvió a meterle el pezón húmedo en la boca al niño. El bebé se prendió de nuevo al pecho, acallando el llanto con un gruñido sordo.

—Es solo que el aire de la tarde entra frío por el ventanal, excelencia —mintió Julia, sosteniendo la mirada del amo con una calma artificial que le quemaba las entrañas—. Ya duerme otra vez.

El conde la sostuvo la mirada un segundo de más, buscando cualquier rastro de la rabia que la muchacha llevaba por dentro, pero terminó por asentir con desdén y volvió a sus papeles. Fue entonces cuando los falangistas repararon en ella. El más joven, el del taconazo, la recorrió de arriba abajo con unos ojos inyectados en sangre y una sonrisa torcida que le ladeó el bigote. Miró el pecho descubierto de la aparcera y luego al cabo de la Guardia Civil, soltando una risotada baja que pretendía ser de complicidad, como si la presencia de aquella mujer desnuda y silenciosa en el rincón fuera un privilegio más del despacho que ellos también tenían derecho a disfrutar. El suboficial, sin embargo, le propinó un codazo seco en las costillas para que se callara; allí dentro, la nodriza del heredero era tan intocable como el ganado del aristócrata, y no era momento de distraer al amo con descaros de cuartel.

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