25 de agosto de 2026

Déjennos desenterrar a nuestros muertos en paz

«El pasado es maltratado por el presente cuando este lo utiliza como un arma de combate. Quienes monopolizan el recuerdo de las grandezas o las tragedias del ayer, lo hacen habitualmente para negar la legitimidad de sus rivales políticos de hoy».

Friedrich Nietzsche

Contemplar cómo el dolor de un hogar se transforma en un argumento ajeno provoca una profunda tristeza, pero la memoria de los nuestros permanece intacta en el refugio de nuestra unión. El peso de la ausencia es un hilo invisible que recorre las generaciones de nuestra casa, una herida antigua que no busca el conflicto, sino el descanso. Produce una honda melancolía constatar que el tiempo pasa, pero las actitudes se repiten. Volver a ver el desfile de miradas frías y de intereses ajenos que intentan transformar nuestra intimidad en un escenario público nos llena de una inmensa tristeza. Es desolador comprobar cómo la misma falta de empatía del pasado regresa para negar el respeto elemental que merecemos quienes solo anhelamos la tranquilidad de un reencuentro. Al menos déjennos desenterrar a nuestros muertos en paz.

Qué fácil sería comprender nuestro dolor ancestral y empatizar con este silencio frente a la tierra que tantas veces se nos ha cerrado. Buscar el hueso de un ser querido, el rastro de un padre o de un abuelo, no es un desafío ni una proclama; es un acto de amor puro y desgarrado. Aunque intenten envolver nuestra búsqueda en el ruido de sus disputas, las familias permanecemos en calma. No hay inquietud en nuestras almas, porque nos sostiene la certeza íntima de que la verdad no se desgasta con las palabras ni con los olvidos. La verdad es paciente y, al final, siempre resulta invencible.

Nuestra mayor fortaleza en este camino silencioso es que no caminamos solos. Nos cobija el abrazo compartido de tantas otras familias que sienten el mismo vacío y albergan la misma esperanza. Esa unión callada y profunda es nuestro verdadero refugio frente a la incomprensión del exterior. Juntos, entrelazados en la misma serenidad y sin responder a las provocaciones, seguiremos esperando el día en que la tierra se abra para devolvernos los nombres y la dignidad que nos pertenecen, lejos de cualquier ruido, en la más estricta, íntima e invencible paz.

A veces, lo confieso, el cansancio pesa tanto que a algunos nos dan ganas de mandarlo todo al garete. Sin embargo, en esos instantes de quiebre, surgen otras voces dentro de nuestra propia comunidad; voces igual de sensibles y cariñosas que nos piden aguantar estos sinsabores. «Queda poco», me dicen al oído, «resiste, luego podrás descansar». Me cuesta. Siempre me ha costado, porque nunca supe tolerar la mediocridad ni la falta de respeto hacia lo sagrado, pero por ellos, por los que esperan abajo y los que sostienen arriba, sigo resistiendo, respirando y esperando en silencio.

Porque en esto no hay apego, no hay protagonismo, no hay ambición ni codicia. No necesito seguir sufriendo la maldad. Solo queremos dignificar, exhumar y sepultar a los mártires sin rencor ni protagonismo. No hay más, y luego nos disolvemos, desaparecemos de la escasa vida pública que tenemos por necesidad. ¿Lo entienden? No hay nada más. Que otras se saquen la foto o se pongan ante la pancarta. El nuestro es otro objetivo: cerrar las heridas en silencio entre el cariño de las personas que de verdad nos quieren y valoran.

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