3 de septiembre de 2026

¡A por ellos (los migrantes) oeee carajo¡

«Estábamos demasiado ocupados analizando las imágenes que se proyectaban en la pared para advertir que habían vendido hasta la pared misma.»

Naomi Klein

Se nos está quedando una memoria pública de cortometraje, de esas que no aguantan un par de asaltos en la hemeroteca. Da una mezcla de rabia y asco asomarse a la calle y ver cómo se canaliza la indignación general. Mientras nos van desmantelando el estado del bienestar ladrillo a ladrillo, el personal prefiere enfundarse la bandera de turno para ir a gritar al vecino por una frontera, un trozo de mapa o las esencias de una patria que, curiosamente, pretende no pagar las facturas sanitarias de la población al mejor estilo del socio estadounidense. Es el gran truco de magia de la ola reaccionaria y sus cómplices de toda la vida: agitar el espantajo de la unidad nacional para que no mires las manos que te están vaciando los bolsillos.

Se votan y toleran gobiernos que desvían millones a la tauromaquia mientras los parques de bomberos forestales se caen a pedazos, con las plantillas bajo mínimos y el monte ardiendo a capricho cada verano. Aplaudimos la «gestión» de quienes privatizan la sanidad pública, cierran plantas de hospital y convierten el derecho a la salud en un negocio de clínicas privadas para quien pueda pagárselo. Los mismos que quieren entregar nuestras pensiones a corporaciones mafiosas. Pero la calle no se llena por eso. No hay mareas humanas colapsando el centro porque nos dejen sin médicos de atención primaria.

El cinismo político ha alcanzado niveles de campeonato. En Valencia, las riadas de la DANA dejaron un reguero de lodo, negligencia y muertes con nombres y apellidos que ya parecen archivados en el cajón del olvido colectivo. En Madrid, con miles asesinados el drama de las residencias de mayores durante lo peor de la covid-19 se despachó con impunidad de despacho y protocolos de la vergüenza, amparados por una maquinaria mediática que prefiere hablar de los áticos de lujo de sus dirigentes como si fueran anécdotas de revista de sociedad.

Para que el engaño sea redondo, la estrategia necesita culpables a los que señalar con el dedo. Y ahí entra el laboratorio del odio y la xenofobia. Se ha vuelto normal escuchar en prime time y en las tribunas del Congreso discursos que deshumanizan a las personas migrantes, convirtiéndolas en el saco de boxeo de todas las frustraciones sociales. ¡A por ellos oeee! Te dicen que el inmigrante viene a colapsar una sanidad que ellos mismos recortan; te dicen que te quita unas ayudas sociales que ellos mismos niegan. La crueldad institucional se disfraza de «seguridad ciudadana» mientras se pisotean los derechos humanos más básicos en las fronteras y se persigue a quien huye de la miseria o la guerra. Es la ingeniería del miedo: enfrentar al penúltimo contra el último para que nadie mire hacia arriba, hacia los verdaderos responsables del saqueo.

Lo trágico es el entreguismo de un PSOE acomplejado que, en no pocos municipios, acabó ayer comprando el marco mental del racismo sutil y mimetizándose con el discurso más rancio de la derecha por puro cálculo electoral y miedo a que los tachen de «blandos». El resultado es una manifestación donde los nazis de manual y los franquistas demócratas de toda la vida comparten acera y consignas, unidos por una supuesta pureza territorial que no es más que una cortina de humo.

Nos están robando los derechos sociales a plena luz del día. Si no reaccionamos frente al espejo de lo que ya ocurre al otro lado del charco, donde el delirio ultraliberal desguaza un país entero en meses en nombre de una libertad falsa “carajo”, nos vamos a quedar sin nada. Nos quedará, eso sí, un país muy patriótico, muy uniforme, lleno de banderas muy grandes sobre las ruinas de nuestros hospitales, nuestros montes quemados y los derechos pisoteados de los más vulnerables. Qué orgullo, de verdad. Qué vergüenza.

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