«El patriotismo empieza donde acaba el patrimonio, y viceversa».
Benjamín Prado
El frío de la sopa de sobre, rebajada con más agua de la cuenta para que llenara tres cuencos, se le quedó pegado al estómago a Santiago Urkizu mucho antes de que Quique Valverde apagara la luz de la habitación. A sus setenta y dos años, Santiago ya no medía el tiempo en horas, sino en los crujidos del somier y en el ruido de los contenedores que descargaban abajo, en las calles de Orcasitas.
Santiago había llegado a Madrid cuarenta años atrás, cuando el barrio todavía se construía a golpe de cooperativa y barro, levantado por vecinos que se plantaban frente a las excavadoras. Vivió la reconversión industrial, la heroína que se llevó a la mitad de su generación y el cierre de la metalúrgica donde dejó los tendones de la mano derecha. Ahora, toda esa memoria obrera se reducía a una maleta de cartón atada con una cuerda de persiana y a compartir un piso pastera con un chaval confuso y un mantero de Senegal.
—Ese tipo se lo lleva crudo mientras tú no tienes ni para la bombona —le había siseado a Quique, señalando la pantalla del móvil antes de cenar.
Ver a Quique sonreír en la pantalla junto a Víctor de Aldama —el conseguidor de moda de las portadas de tribunales, trajeado y reluciente— le revolvió las tripas.
Santiago conocía bien ese brillo cínico; era el mismo de los constructores que en los noventa prometían contratos que luego se disolvían en quiebras falsas. La ignorancia de Quique no le daba rabia, le daba una pena infinita. Era el síntoma de una época rota: un chaval de veintitantos, atrapado en el subempleo de los repartos, que admiraba al pícaro que estafaba millones porque, en el fondo, el sistema le había enseñado que la única salida era ser el más listo de la fila.
Al otro lado de la mesa, Mamadou Mbaye guardaba silencio. Mamadou no necesitaba saber quién era el de la foto para oler el peligro. Llevaba tres años esquivando el control de identidad de la policía en el metro y vendiendo sábanas en la acera de la Gran Vía; para él, los hombres de corbata y los tipos corpulentos de Desokupa que Quique miraba con fascinación morbosa eran la misma cara de una frontera invisible. Si venía la policía al amanecer, Quique y Santiago acabarían en un banco del parque o en un albergue; él terminaría en un Centro de Internamiento de Extranjeros.
La luz de la farola de la calle entraba por la ventana sin persiana, dibujando líneas amarillas en el techo desconchado. Quique seguía con los ojos fijos en el teléfono, hipnotizado por el selfi y por los comentarios de las redes sociales, ajeno al ruido de los motores que, a pocas calles de allí, ya se preparaban para el despliegue de la mañana. Santiago se giró hacia la pared, apretó los dientes para que no le temblara la mandíbula y esperó el alba, sabiendo que el mañana ya no les pertenecía.
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