14 de septiembre de 2026

Candidato y amigo del narco

«La corrupción no es un subproducto del tráfico de drogas; la corrupción es el motor. El verdadero poder no viste chaleco antibalas, viste trajes de tres piezas y se sienta en despachos oficiales».

Don Winslow, escritor estadounidense autor de la novela «El cártel»

En las democracias del norte de Europa, los políticos dimiten por cosas que aquí nos parecerían ridículas. En Suecia, una ministra renunció por dar positivo en un control de alcoholemia con una tasa mínima. Otra dejó su cargo tras revelar la prensa que había comprado unos pañales y una chocolatina con la tarjeta oficial. En Alemania, varios ministros de peso dejaron su puesto de inmediato al descubrirse que habían plagiado párrafos en sus tesis doctorales, perdiendo incluso sus títulos universitarios. No hubo debates eternos, comisiones de investigación infinitas ni excusas. Dimitieron porque entienden que el poder exige limpieza y una ejemplaridad absoluta.

En España, en cambio, la vara de medir es muy diferente. El listón ético cambia de escala de forma flagrante y las responsabilidades políticas se esquivan tratándolas como simples «campañas de la oposición».

El ejemplo más claro es el de Alberto Núñez Feijóo y sus fotos con Marcial Dorado publicadas en 2013. Cuesta creer que a mediados de los noventa, siendo el número dos de la Consellería de Sanidade de Galicia, un hombre con tanto poder e información no supiera con quién compartía barcos, cenas y vacaciones en Estoril, los Picos de Europa o Ibiza. Feijóo intentó minimizar la relación diciendo que la rompió en 1997 al enterarse por la prensa de sus actividades ilícitas. Sin embargo, el propio contrabandista desmintió esa versión, recordando con total naturalidad la estrecha familiaridad de unos viajes donde salían con sus mujeres y se alojaban en hoteles exclusivos que solo un gran patrimonio podía pagar. Incluso la investigación judicial reveló que la Policía grabó conversaciones telefónicas entre ambos hasta bien entrados los años dos mil.

Dorado no era un comerciante cualquiera. Como ocurrió con otros clanes gallegos como los Charlines o el de Laureano Oubiña, se usaron las mismas lanchas y rutas del tabaco para dar el salto al tráfico masivo de cocaína y heroína. La Audiencia Nacional terminó condenando a Dorado a pasar muchos años en la cárcel tras organizar el desembarco de casi seis toneladas de droga.

Detrás de ese dinero fácil, de las sentencias judiciales y de los paseos en yate se esconde una tragedia humana brutal. Esa droga destrozó la vida de miles de familias gallegas y mató a toda una generación de jóvenes por sobredosis, delincuencia y la epidemia del sida. Fue un goteo incesante que fracturó pueblos enteros y dejó miles de hogares devastados por el dolor. Mientras la juventud se consumía en los portales, los capos del narcotráfico exhibían impunemente sus fortunas en pazos y coches de lujo ante la pasividad de las instituciones.

Frente a esa impunidad no nació una respuesta del poder político, sino de la desesperación de los hogares rotos. Fue la lucha heroica de las «madres coraje» gallegas, lideradas por mujeres como Carmen Avendaño desde la asociación Érguete, la que plantó cara al narcotráfico. Estas madres, armadas únicamente con su dolor y una valentía infinita, salieron a las calles a señalar con el dedo a los clanes, a manifestarse a las puertas de sus pazos y a exigir justicia ante los tribunales. Ellas hicieron el trabajo que el Estado esquivaba. Y mientras estas mujeres se jugaban la vida para salvar a sus hijos y limpiar sus pueblos, Feijóo disfrutaba de su tiempo libre y compartía mantel con uno de los máximos sospechosos de esa miseria.

En cualquier país vecino, este pasado habría acabado con la carrera de un político en una sola tarde, no por una causa penal, sino por pura dignidad institucional. Aquí, la anomalía se ha vuelto sistémica. Feijóo no solo aspira a presidir el Gobierno de España, sino que además lo hace con la posibilidad real de meter a Santiago Abascal y a la ultraderecha de Vox en la vicepresidencia, entregándoles las llaves de ministerios clave. El precio de perdonar el pasado de un líder es abrir de par en par la puerta a la radicalidad de los socios que necesita para alcanzar el poder. Destrozar nuestras vidas con la motosierra de los recortes sociales, la privatización de todo lo público, la desaparición de las pensiones para matarnos de hambre, etcétera.

Cuando estiramos tanto el chicle de la impunidad ética, el umbral de lo tolerable baja por completo. El verdadero insulto de esta amnesia colectiva no es solo la degradación de nuestras instituciones, sino escupir sobre el legado de aquellas madres que se partieron la cara en la calle mientras otros se subían a los yates. Si normalizamos que quien compartía confidencias con el verdugo de una generación entera pueda llegar a La Moncloa de la mano de la ultraderecha, no solo habremos perdido el norte democrático; habremos perdido por completo la decencia y la memoria.

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