Lolita Tejera haciendo mascarillas durante la pandemia. Foto Natàlia Mas
«La libertad no es algo que se nos otorgue, sino algo que ganamos con nuestra postura ante el mundo.»
Milena Jesenská, escritora, periodista y traductora checa
El taller de Josefa Jaimes, a la que todos en el pueblo llamaban Fefita, olía a almidón, a perfume de jazmín y al café que se colaba a media tarde para espantar el cansancio. El local era pequeño, apenas un portalón abierto a la Carretera General de Tamaraceite, pero dentro el ruido de las tijeras contra la madera de la mesa y el traqueteo de las máquinas Singer llenaban todo el espacio. Allí, entre retales de percal y pasamanería, pasó mi madre los años de su infancia y juventud, hilvanando no solo el oficio que la acompañaría toda la vida, sino una forma de mirar el mundo.
Fefita era una mujer menuda, de manos rápidas y mirada limpia, de esas que no necesitaban levantar la voz para hacerse respetar. En aquellos años grises de la posguerra, el miedo era un vecino más en Gran Canaria, un silencio espeso que se colaba por debajo de las puertas. Pero la dignidad no entiende de cobardía cuando se lleva en el cuerpo.
El día que los falangistas entraron al taller, el traqueteo de las máquinas se detuvo de golpe. Llegaron entre burlas y miradas lascivas con las camisas azules bien planchadas, las botas relucientes y esa arrogancia de quienes se sabían dueños de las calles y las vidas ajenas. Venían con un encargo que no admitía réplica: querían una bandera grande, de seda buena, con el yugo y las flechas bordados con el mejor hilo rojo del taller.
Mi madre, que entonces era solo una muchacha de quince años que aprendía a rematar ojales, se quedó quieta en una esquina, conteniendo el aliento.
Fefita ni siquiera se levantó de la silla. Los miró por encima de sus gafas de costurera, con las manos apoyadas en una pieza de paño gris. Cuando el jefe del grupo terminó de dar las órdenes, ella negó con la cabeza. Una negativa seca, redonda, sin rodeos.
—Aquí no se borda eso —dijo, con una calma que a los hombres les sonó a bofetada.
A los falangistas se les mudó el color del rostro. El más mayor veterano de guerra con medallas y que le faltaba un brazo, enfurecido por el desprecio, dio un paso al frente y la amenazó directamente de muerte, recordando quiénes mandaban y la facilidad con la que la gente desaparecía en esos tiempos. El ambiente en el taller se volvió de hielo. Cualquier otra persona se habría echado a temblar, pero Fefita Jaimes no pestañeó. Sostuvo la mirada del hombre con una entereza que helaba la sangre y, con la naturalidad de quien explica una regla de tres, les soltó la frase que se quedaría grabada a fuego en la memoria de mi madre:
—Miren, aquí solo se cose ropa. Para las banderas, se van ustedes a otra parte.
No hubo más discusión. Hubo un silencio largo, un amago de violencia que se disolvió ante la autoridad moral de aquella costurera que no se dejaba intimidar por pistolas ni camisas azules. Los falangistas, desconcertados por no encontrar miedo sino una roca volcánica, terminaron por marcharse, refunfuñando y dando un portazo que hizo temblar los cristales.
El taller volvió a su ritmo habitual, pero ya nada fue igual para las muchachas que estaban allí dentro. Mi madre volvió a tomar la aguja, pero sus manos ya no solo aprendían a dar puntadas invisibles o a encajar una manga. Había aprendido que la costura, en las manos adecuadas, también podía ser un escudo de coraje. Cuando los años pasaron y mi madre se convirtió en la mujer que yo conocí, su destreza con la tela siempre tuvo ese origen: una escuela donde el hilo se enhebraba, ante todo, con orgullo y libertad.
Ese carácter indómito de mi madre no nació de la nada, sino de la misma fragua donde se templó su infancia: una casa marcada por la brutal represión del fascismo, el desgarro del encarcelamiento de mi abuelo Juan y la miseria oscura que ella y sus cuatro hermanos tuvieron que capear a base de coraje. Por eso, ver a Fefita —una mujer aparentemente frágil— plantarse firme ante aquellos hombres que sembraban todo de odio y muerte, no fue solo una lección de costura, sino el espejo donde mi madre miró su propio destino. Aquel acto heroico se convirtió en su brújula para el resto de sus días; la prueba viva de que el miedo se puede vencer y de que, incluso en los tiempos más duros, la dignidad de una madre es un refugio que ninguna tiranía puede destruir.
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