«El fascismo es un movimiento de los desesperados, de aquellos que se encuentran en una situación económica precaria y son arrastrados por la propaganda demagógica.»
Klara Zetkin
La inhumanidad la palpo diariamente no solo en los comentarios nazis (muchos amenazantes) que recibo en mis reflexiones en este muro (jamás se me ocurriría por respeto y ética personal irme a escribir cualquier cosa en el espacio de otra persona), también la observo en los chistes malos o bromas macabras para un tema tan dramático, como uno muy reciente que he observado, que es colocar la foto de unas tiendas Quechua y decir que Decatlón consiguió más viviendas en dos días que el gobierno en ocho años. Tremenda estupidez. Luego compruebo que el autor es un obrero más, un currante que con total seguridad lo pasa mal más de una vez para organizar su escaso sueldo.
Hay que tener una sensibilidad muy torcida para ponerse del lado de los fondos buitre. Cuesta entender qué pasa por la cabeza de alguien para aplaudir a los especuladores que expulsan a la gente de sus casas y, al mismo tiempo, dedicarse a ridiculizar a las cientos de miles de personas que estos días acampan y se movilizan en toda España. No piden lujos; solo defienden un derecho constitucional tan básico como el de una vivienda digna.
¿En qué libro estudiaron estas bestias?
Es la pregunta que uno se hace al ver cómo se justifica el drama humanitario con frías teorías de mercado. Pero lo más doloroso no es que los de arriba defiendan su negocio; lo verdaderamente incomprensible es ver a trabajadores precarios, gente que apenas gana una mierda de salario y llega ahogada a fin de mes, saliendo a defender el fascismo económico y a los mismos especuladores que mañana podrían ir a por ellos.
Es una alarmante quiebra moral. Hablamos de un sistema que no tiene corazón para echar a la calle a personas mayores, a enfermos o a perfiles vulnerables como el de Maricarmen, vidas humanas reducidas a un simple número en un fondo de inversión extranjero. El debate ya no es solo político o económico; es un problema de humanidad. Nos estamos convirtiendo en una sociedad anestesiada donde algunos han decidido cambiar la solidaridad de clase por la crueldad, dejando la empatía completamente olvidada en el camino.
Existe un término que la calle entiende perfectamente y que la academia a veces maquilla con tecnicismos: el «hijoputismo». No es un insulto al aire; es la descripción exacta de una actitud vital y política que se ha instalado en nuestra sociedad. Es la quiebra absoluta de los diques morales, una corriente que no solo tolera el sufrimiento del vecino, sino que lo disfruta, lo justifica y lo promueve desde la barra del bar o desde una cuenta de redes sociales.
¿Cómo se explica, si no, que el desahucio de una anciana enferma genere burlas en lugar de una indignación unánime? Este fenómeno no nace de la ignorancia, sino de una decisión consciente de deshumanizar al otro. Se ha construido un relato perverso en el que la víctima siempre es culpable de su desgracia: si te echan de casa es porque no has trabajado lo suficiente, si no puedes pagar el alquiler es porque eres un fracasado, y si protestas en la calle eres un parásito.
El verdadero triunfo de los especuladores no ha sido comprar bloques enteros de viviendas a precio de saldo; su mayor éxito ha sido inocular este virus de la crueldad en las clases populares. Conseguir que el último de la fila, el que gana una miseria y vive al límite, mire con desprecio al penúltimo en lugar de señalar al de arriba. Cuando la empatía se destruye de esta manera y se sustituye por el sálvese quien pueda más despiadado, lo que queda no es una sociedad libre y consciente; es una jungla donde los buitres vuelan alto gracias a la complicidad de quienes olvidaron su origen, lo que nos hace ser humanos.
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