4 de noviembre de 2026

Treinta años de brega

Mi padre Diego González, poco antes de fallecer con la foto de mi abuelo fusilado

«La verdad no necesita de siglas ni de partidos; la verdad solo busca la luz de la justicia.»

Hannah Arendt

Treinta años es casi media vida. Ese es el tiempo exacto que mi familia lleva librando una lucha callada, sin cuartel y desgastadora, por algo tan profundamente humano y básico como recuperar la dignidad de los nuestros. Tres décadas con el corazón en un puño, intentando sacar a mi abuelo Pancho fusilados por los fascistas de la frialdad de una fosa común y buscando el rastro de mi tío Braulio. Era solo un bebé de cuatro meses. Un alma inocente a la que un falangista de Tamaraceite le arrebató la vida con una crueldad inimaginable, allí mismo, en frío, delante de la mirada rota de mi abuela, de mi tía y de tres niños pequeños que no entendían nada: mi padre y sus hermanos. Aquella escena de terror quedó grabada a fuego en la memoria de nuestra casa y ha marcado el caminar de todas las generaciones posteriores.

A veces, la gente que ha tenido la suerte de crecer sin una ausencia impuesta nos mira con extrañeza. Hay quienes no nos entienden, personas que, al no haber sufrido este drama en sus propias carnes, son incapaces de empatizar con un dolor que no se apaga con el paso de los años de tristeza, sino que se hereda como un eco de justicia pendiente. Se equivocan rotundamente quienes piensan que nos mueve el rencor, la revancha o la búsqueda de un protagonismo que jamás hemos querido. Quienes estamos implicados en esta causa no sabemos de siglas, de partidos ni de bandos; no nos interesan. De hecho, preferiríamos quedarnos siempre en la sombra, no salir en ningún periódico ni abrir ningún informativo. Si por nosotros fuera, trabajaríamos en silencio, invisibles, hasta conseguir el único y verdadero objetivo que nos desvela: exhumar la fosa común del cementerio de Vegueta y devolver la paz a los que allí descansan.

Hace unos días, mi amiga y compañera Elsa, que comparte conmigo este mismo lazo invisible de dolor y búsqueda, me decía una frase que me llenó el pecho de sentido: «Como si sacamos solo a uno, ya será una victoria». Y tiene toda la razón del mundo. Mantener viva la memoria no es un acto político, es un acto de amor incondicional hacia los seres humanos, una resistencia contra el olvido. Por eso, cuando en estas próximas semanas la tierra se abra y aunque los restos que aparezcan no lleven nuestros apellidos, la alegría será la misma. Celebraremos la libertad de esas otras familia como si fuera la de nosotras, sintiendo cada nombre rescatado del olvido como si fuera la misma propia sangre derramada. Porque esta lucha no va de ganar batallas ideológicas ni de egos personales o políticos, va de humanidad, de compasión y del derecho sagrado de llevarle una flor ante una tumba digna a quienes nos dieron la vida.

Ahora que el horizonte de la exhumación es una realidad palpable, tras décadas de una compleja y extenuante interlocución con las distintas administraciones públicas, el único propósito es culminar este procedimiento en un marco de absoluta seguridad jurídica, intimidad y paz familiar. Es imperativo transitar esta última etapa con garantías plenas, con un blindaje absoluto frente a cualquier injerencia externa o intromisión ilegítima que pretenda instrumentalizar la causa. Como familiares y promotores legítimos de este expediente, esta parte ostenta la cualidad de interesada directa, amparada por los correspondientes títulos de representación y parentesco que el ordenamiento legal reconoce de forma exclusiva.

Jamás se ha recurrido a la confrontación ni a la coacción; no forma parte de los principios rectores de esta familia. Sin embargo, en este punto determinante de la trayectoria vital, no se admitirán concesiones. Se ejercerán con firmeza todas las acciones legales, administrativas y judiciales pertinentes frente a cualquier tercero que pretenda arrogarse una representación carente de base legal, desvirtuar los hechos o lesionar la personalidad jurídica bajo la cual se actúa en el proceso. La respuesta será implacable ante la suplantación en los autos, la tergiversación de la voluntad familiar o cualquier intento de menoscabar el control legal sobre el destino y la custodia de los restos. Quien intente cruzar esa línea o patrimonializar este dolor se encontrará, sin contemplaciones, ante los tribunales de justicia.

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