28 septiembre 2020

Abismo del infierno

Falangistas desfilando por las calles de Sevilla en 1937 | Archivo Privado de Sancho Dávila

En la finca de los Ascanio preparaban a los detenidos pa subir andando a la Sima Jinámar, los que estaban más jodidos allí mismo les pegaban un tiro en la cabeza y los tiraban a los dos pozos, verlos subir era de las cosas más terribles que he visto en mi vida, todos sabían que los iban a tirar al agujero volcánico, nunca he visto tanta maldad.

Manolito Rivero Santana

«(…) Desde Caserones subimos al pico junto a la Sima Jinámar buscando tres cabras que se le habían perdido a mi padre, las jodías no aparecían y pareciera que se las hubiera llevado el diablo, el baifo que llevábamos cogido balaba y balaba, ya que una de las perdidas era su madre con el ubre lleno de leche, en eso vimos la caravana de hombres subiendo caminando la montaña desde la hacienda del Maipez, iban amarrados con las manos a la espalda, yo conté más de cuarenta hombres, los guardias de Falange llevaban lamparas y antorchas, aquello parecía las Ánimas benditas viniendo del Purgatorio, entonces mi hermano Rafael y yo nos escondimos detrás de un cardón pa que no nos vieran aquellos perros carniceros, habían dos falangista que hacían de escoba detrás dándole a los muchachos con fustas de buey, aquellos pobres no dejaban de quejarse, tenían las camisas llenas de sangre, se veía que les venían dando leña desde que los metieron en los camiones del Conde, llegaron al agujero y los pusieron en formación militar, los fascistas bebían a pecho de botellas de ron, hasta arriba nos llegaba el olor del aguardiente, se burlaban de ellos, los insultaban, algunos de los hombres les hacían cara, les decían ¡Malditos fascistas! ¡Viva la República! antes de que les metieran un tiro en la nuca pa tirarlos al abismo. Se pusieron al borde de agujero un falange y un guardia civil de Telde que identificamos, más conocido como «El Florito». Entonces llevaban a los hombres de uno en uno, amarrados como estaban no podían defenderse, el del tricornio y el falange los colocaban de espaldas a la Sima, así los tiraban, de espaldas pa que no vieran donde caían. Entonces a algunos les pegaban un tiro en la cabeza antes de tirarlos, pero a otros, los que menos se resistían, los tiraban vivos y daban muchos gritos, incluso cuando caían al fondo se seguían oyendo aullidos y lamentos. Desde que se fueron sin dejar ni un hombre vivo, tiramos pa Vasequillo corriendo, las cabras no aparecieron más, se desvanecieron pa siempre, la tristeza y la rabia de ver aquello nunca se fue de nuestras cabezas, todavía se me llenan los ojos de lagrimas al recordarlo…»

Testimonio de Ignacio Martel Florido, pastor de cabras en su infancia en el municipio de Valsequillo entre los años 1923 y 1937.

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