24 septiembre 2021

Aceite al rojo

Pintura Batalla de Belchite, Augusto Ferrer Dalmau. Solo hay que imaginar a los conspicuos "patriotillas" con los huevos quemados de aceite

“Las lágrimas que no se lloran, ¿esperan en pequeños lagos? ¿o serán ríos invisibles que corren hacia la tristeza?”

Pablo Neruda

Cuando oyeron los golpes en la puerta en aquellas horas de la madrugada, Ñoño y Celia se metieron en la cocina y atrancaron la puerta por dentro con la vieja cómoda de mobila, los falanges golpeaban con fuerza y sus gritos se escuchaban en todo aquel callejón de Las Cuatro Esquinas de Tenoya.

La puerta era fuerte porque era muy antigua, muy alta, muy pesada, echa a conciencia por el abuelo Modesto Caraballo, «El conejero», como le llamaban por su origen lanzaroteño.

Los nazis sabían que la pareja estaba dentro, habían visto las velas recién apagadas de la cena, la humilde celebración de su primer aniversario de casados que celebraron en el patio.

Celia preparó unos tollos con salsa y papas sancochadas, un pizco de gofio amasado con el agua del escualo, acompañado de una botella de vino, la que su patrón le había regalado meses antes en sus tierras de Los Hoyos.

La pareja pensó que nunca vendrían a por ellos, por eso no escaparon a tiempo, solo habían acudido a un par de huelgas, pero donde había cientos de jornaleros, no eran dirigentes de nada, ni siquiera tenían carné sindical, ni pertenecían a ningún partido de la izquierda.

Pero a pesar de todo allí estaba la «Brigada del Amanecer» para llevárselos, seguramente a ella por ser bella y joven violarla en manada, usarla un tiempo en algunas de las casas donde retenían a las mujeres republicanas como esclavas sexuales de los cabecillas de Falange.

Celia lo miró a los ojos:

-No tenemos ya nada que perder- estamos muertos, le dijo.

Entonces mientras Ñoño se lamentaba y daba puñetazos de rabia contra la pared, ella tomó una sartén enorme, la que usaban cuando freían papas en las fiestas para muchos invitados, llenándola con cinco botellas de aceite de litro que habían extraído de los olivos del abuelo el año anterior, la calentaron tanto que llegó un momento que no se podía estar en la pequeña cocina por el calor.

Ya los fascistas habían entrado en la casa, solo les quedaba el último obstáculo, la madera casi no resistía, se iba a venir abajo por los golpes y culatazos con los máuser, Celia abrió una compuerta hacia la azotea y los dos subieron con la sartén hirviendo.

En un estruendo la portería de Riga se había venido abajo, los falanges se quedaron sorprendidos porque no veían a nadie dentro, solo el tremendo calor que los dejó casi ciegos, entonces Celia desde arriba les echó el aceite por encima que les traspasó el uniforme azul, quemándoles profundamente la piel y la carne.

Aquello era un escándalo con los cuatro nazis gritando de dolor, disparando con sus pistolas hacia todas partes, una bala le dio en el pecho a Celia que cayó rendida en los brazos de Ñoño con una sonrisa cómplice, el chico también estaba herido en la boca del estómago.

El dolor de las quemaduras era insoportable y los flechas salieron corriendo como demonios hacia la tanqueta de agua que había en la entrada, se metieron y ni el frescor del líquido frío les aliviaba las quemaduras.

El muchacho se quedó inmóvil, sentado con Celia abrazada, todavía le duraba la sonrisa:

-Tú tranquilo todo será rápido, tu déjate morir, cierra los ojos en mis brazos, será lo mejor, te quiero mucho- le susurró cariñosamente al oído.