“A mi padre lo encontré en el fondo de un pozo… Solo busco la verdad y que ningún niño vuelva a sufrir lo que sufrimos nosotros.”
Pino Sosa Sosa, presidenta de la Asociación de Memoria Histórica de Arucas
En el fondo el agua que bebía más de media población del barranco de Tenoya se presentía cristalina, muy fresca y limpia. El líquido se filtraba a cien metros de profundidad de las milenarias y profundas capas freáticas que abundaban en los años treinta en la isla de Gran Canaria. Era un agua “milagrosa”, que en el fondo de las botellas dejaba restos de ferruje, sabía a hierro, pero no era mala, repetían las mujeres sabias.
Fue a partir de julio del 36 cuando casi nadie intentaba sacar los baldes llenos de allí, utilizando la vieja polea que había colocado cincuenta años antes, Antoñito Cubas, el anciano de Artenara. El pocero se hacía cargo sin cobrar nada de la salud del profundo agujero que nadie supo jamás quien lo había construido, justo allí, adivinando de forma desconocida que había un misterioso río subterráneo.
La gente de las laderas y de los zarzales infinitos sabía perfectamente que en el húmedo abismo se estaban pudriendo cuerpos de mujeres y hombres conocidos, que trasladados en camiones desde Arucas, Firgas, Moya, Valleseco, Teror, El Palmar, La Guitarrilla, La Goleta… Habían sido detenidos por las cuadrillas de crueles pistoleros falangistas bien entrada la noche, cuando nadie imagina abrigadito en su cama que van a tocar en sus puertas fuertemente con las culatas de los máuser.
Por eso casi todo el mundo dejó de beber el agua de hierro, medicinal y pura. Ya no estaba limpia, ahora habían mujeres y hombres desgajándose su carne en el fondo donde cayeron como piedras sus cuerpos violados, torturados, destrozados por aquella maraña de traidores al servicio de los terratenientes agrícolas.
El pozo sigue repleto de agua hoy en día, tapiado por Juanito “el de la agarradilla”, cuando se lo ordenó el hijo de la Marquesa: “pa que no esté eso abierto ahí maestro. Ya casi nadie bebe agua.”
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