27 de julio de 2026

Dibujó a lápiz - Pra que ergan o puño!... de Castelao

«Están en algún sitio / concertados
desconcertados / sordos
buscándose / buscándonos
bloqueados por los signos y las dudas
contemplando las verjas de las plazas
los timbres de las puertas / las viejas azoteas
ordenando sus sueños sus olvidos
quizá convalecientes de su muerte privada…»

Mario Benedetti

-No me gustan los valores que le trasmites a la chiquilla- le dijo Rosario a Francisco cuando fue a preguntarle porqué no le permitía que la fuera a buscar tras separarse y ya no podía estar junto a él varios días a la semana en la casa de sus padres.

Sin esperarlo y sin motivo alguno llegó el momento más triste y oscuro, no solo por dejar de verla, sino que destrozó las vidas de dos personas muy mayores que no entendían, ni podían asumir culturalmente aquella pérdida, convirtiendo su existencia en un infierno desolador hasta su muerte.

Rosario pertenecía a una familia de patriotas de ultraderecha que ya a finales del 35 estaba implicada en la conspiración sediciosa de lo que denominaban Santa Cruzada.

En Canarias un año antes del golpe de estado fascista ya estaban elaboradas las listas negras con más de ocho mil mujeres y hombres con todos sus datos: domicilio, lugar de trabajo, filiación política, sindical y hasta sus aficiones o lugares donde solían estar en su tiempo libre.

Paco el escribiente de los Miller, era uno más de ese siniestro listado y fue de los primeros detenidos el mismo domingo 19 de julio del 36 mientras salía de una luchada en el Campo de España en Las Palmas.

Tres hombres enchaquetados y uno con uniforme azul bajaron de un Ford pequeño, esposándolo entre patadas y puñetazos delante de las cientos de personas que atónitas venían del evento deportivo.

De allí lo llevaron a la sede de Falange en la calle Albareda donde lo interrogaron colgado boca abajo por las piernas mientras “el boxeador” lo usaba como saco de entrenamiento, partiéndole la mayoría de sus costillas:

-No te quieren ni tu ex mujer ni tu hija comunista jediondo- le dijo Juan del Río Ayala, que estaba al día según parecía de su vida más íntima:

-Rosario fue la que nos dijo dónde estarías esta mañana- exclamó el jefe falangista entre risotadas ante la respiración acelerada del hombre que notaba como se le iba parando el corazón con la vista fija en el charco de sangre y la cabeza en los buenos momentos con su hija.

Los días de playa acampados en Maspalomas, los viajes a pie a la casa de su abuelo Cho Atanasio en La Aldea de San Nicolás. Así se le fue yendo la vida entre dolores insoportables y la imagen del rostro sonriente de lo que más quería en el mundo.

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