14 agosto 2020

Ángel de salto y leyenda

Salto a regatón muerto en la Caldera de Taburiente, de don Natalio Pérez Gómez en la segunda mitad del siglo XX. Foto de Manuel Rodríguez Quintero (Federación de Salto del Pastor Canario).

Era un hijo el diablo cuando nos encontrábamos, un coñón del carajo, que se reía conmigo y se sentaba a escuchar mis historias de brujas y guardias. Podía estar hoy en el barranquillo de Lozano, en Cercados de Araña, pero mañana cincuenta kilómetros más allá, bordeando las montañas de Guguy.

Antoñito Jiménez Monzón

«(…) Los falangistas sabían que era imposible detener a Manuel Vega si disponía del garrote de salto, así visitaba a su familia por unos minutos en Pino Gordo, aparecía y desaparecía como un fantasma entre el frondoso bosque de pinos, pareciera que volara o que fuera invisible, controlaba las noches de luna llena, cuando era posible moverse casi en silencio entre la floresta, olía a romero y hierba luisa cuando entraba en la casa para abrazar a las niñas, nunca olvidaré ese olor a monte de mi cuñado, lo llevaba impregnado en la piel, nadie sabía donde dormía, tal vez no pasaba más de dos noches en el mismo escondite, aunque había pastores de Tasarte que hablaban de una cueva gigantesca junto a Linagua, una gruta donde se podía caminar durante horas sin encontrar el final, tal vez no lo tuviera, quizás el abismo no permitiera encontrar el fondo del misterio. Allí me dijo Ramoncito Cubas que estaba, allí me dijo que se quedó para siempre cuando dejamos de verlo, jamás quisimos pensar que lo hubieran matado, no se escuchó nada y lo primero que hacían aquellos fascistas de tricornio y ropajes azules era exponer el cuerpo del «Bandolero», correr la voz de su captura, en este caso nunca se oyó nada, todo lo contrario se les veía enfurecidos hablando con todos los pastores de cabras que tenían garrotes, llegaron a torturar alguno para sacarle información, pero es que no había nada, nada se sabía de nuestro ángel querido, el que fue capaz de volar en las sombras, de desaparecer en la oscuridad de Pajonales rodeado por más de cien falangistas y guardias civiles, era imposible, decían, con aquellas bocas de rabia, el pastor nunca fue localizado, años después se supo algo, Argelia Mendoza, la curandera de Acusa, dijo algo de un muchacho que una vez brotó de la tierra en uno de sus ayunos por las montañas de Tamadaba, también llevaba bigote enroscado, también era moreno, casi negro. Las niñas crecieron con su recuerdo, sabían que su padre era un hombre honrado, que jamás abandonó su tierra, que se desvaneció valiente en la penumbra de la historia…»

Testimonio de Fefita Hernández Florido, maestra de escuela y cuñada de Manuel Vega Luján, prisionero evadido del campo de concentración de La Isleta en noviembre de 1936.

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