1 marzo 2024

Ángeles

Diego y Lola en su paseo casi diario por la Avenida de la Playa de Las Canteras,Las Palmas GC (Fotograma de un reportaje de TVC)

«(…) Así lo sé, porque quiero echarme
En su misma fosa
Sin oración y sin losa
Hueso con hueso viajero
Lo sé como el aguacero
Sabe que acaba en la orilla…»

Silvio Rodríguez Domínguez

-¿Ganaron esos asesinos?-

Era siempre la pregunta de Lola, mi madre, desde que cerraban las puertas de los colegios electorales y empezaban a dar los primeros datos de las encuestas a pie de urna y del incipiente escrutinio todavía indescifrable por su escaso porcentaje de recuento:

-Que no mamá, que no, que todavía es pronto, que las encuestas suelen estar manipuladas-

Luego mi padre se echaba un tinto con pan bizcochado y queso apareciendo en el umbral de la casa de madera mirando las primeras entrevistas en cada partido donde hablaban los segundos o terceros de a bordo:

-Tu verás que estos fascistas vuelven a ganar- resoplaba con sorna:

-Estamos jodidos, vaya mierda de pueblo tenemos- gruñía.

Para ella, para el, que sufrieron el horror de la represión y los crímenes brutales del fascismo: Fraga, Suárez, Aznar, Rajoy, Casado eran los mismos que entraron en sus humildes casas a golpes y disparos de máuser para llevarse secuestrados a sus padres, yo les explicaba que estos no eran iguales, aunque en el fondo pensara lo mismo, que tenían otro estilo más sutil basado en su estafa de la transición, la democracia y todo esa historia que mis viejos jamás se creyeron:

-Es un fraude- decían:

-Quieren seguir mamando del bote y si te descuidas vienen a por ti también y te matan- susurraba Diego mientras yo no lo miraba con mis ojos fijos en la pantalla televisiva.

Hasta los perros parecían nerviosos en una nueva noche electoral.

Mis padres aunque no lo dijeran abiertamente no podían perdonar lo que representaban aquellos tipos:

-Esta es una perra, una ladrona- comentaban entre ellos bajo los helechos del patio de los sueños- cuando salía Esperanza Aguirre lanzando exabruptos.

A veces me quedaba un rato mirándolos desde mi ventana, con cierta ternura, los dos pequeñitos, insignificantes, amándose desde niños, una especie de seres de cuento, el cuento más atroz jamás contado.

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