“Tan pronto como me tendí en la cama tomé conciencia del silencio pavoroso de la queda. No puedo imaginarme otro silencio igual en el mundo. Un silencio que me oprimía el pecho, y seguía oprimiendo más y más, y no terminaba nunca. No había un solo ruido en la vasta ciudad apagada…»
Gabriel García Márquez – La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile
María Luisa Romero Contreras, tras sonar el timbre de su vieja casa familiar del barrio de Yungai en Santiago de Chile, vio el rostro terrible de aquellos hombres vestidos de paisano, el coche aparcado en la entrada con el motor en marcha:
—¿Es usted la mujer del doctor Oramas Curbelo? Le dijo el que parecía dirigir la operación, de baja estatura, tez morena y gafas oscuras.
Ella asintió sin casi poder hablar ni respirar respondiendo:
—Está en el piso de arriba con una paciente-
Magüi estaba escuchando los noticiarios en la radio y sabía lo del golpe militar dos días antes de aquel jueves 13 de septiembre del 73. No imaginaba ni remotamente lo que estaba sucediendo.
Sin mediar palabra la empujaron violentamente, arrodillándola, colocándole una pistola en la frente.
Su marido Ramiro, hijo de migrantes republicanos nacidos en la isla de Tenerife, bajó la escalera apresuradamente al escuchar los gritos y amenazas de los pistoleros.
De forma inmediata lo redujeron amarrándole las manos a la espalda con unas esposas. La señora a la que estaba atendiendo el prestigioso psiquiatra miraba aterrorizada desde la puerta de la consulta paralizada de miedo al ver como sin motivo alguno golpeaban salvajemente al terapeuta, el excelente profesional y amigo de muchos años que unos minutos antes la estaba atendiendo y aliviando su enorme tristeza y angustia interior por la muerte de su hijo pequeño en un accidente de moto.
Con la cara destrozada por los golpes lo metieron en el auto y se lo llevaron a toda velocidad hacia un destino desconocido.
Las dos mujeres se quedaron inmóviles en la acera como si estuvieran en medio de una pesadilla. Calladas, sin reaccionar, hasta que el vehículo se perdió dos cuadras más allá dejando una estela de humo del tubo de escape y un fuerte olor a gasoil.
El asfalto estaba mojado por la lluvia y brillaba por los tenues rayos de sol del atardecer mientras pasaban varios camiones militares cargados de soldados.
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