“Un país que no recupera la memoria de sus muertos tiene un problema con su democracia.”
Ian Gibson
Aquel rocío de lluvia y viento empapaba el picón volcánico del paredón de lava de La Isleta. Una especie de operario con un delantal blanco salpicado de sangre y una pistola al cinto, arrastraba por las piernas los cuerpos de los fusilados hacia dos camiones alineados al otro lado del pelotón de fusilamiento. Soldados jóvenes de quinta que sentados en el suelo con una botella de ron parecían desolados y tristes, tal vez aburridos por aquel duro trabajo; el de disparar de la mañana a la noche sobre decenas de hombres condenados a muerte meses antes en consejos de Guerra sumarísimos.
Ese día insólitamente se acercó por allí el juez instructor togado, capitán de infantería, Fortunato López Chaves, que llegó en un coche negro con chofer y se bajó ceremoniosamente, con un habano en la boca, sus botas brillantes por el betún; un uniforme impecable sin arrugas, bien planchado y se quedó parado ante los cuerpos empapados por la lluvia, acribillados a balazos, unos sobre otros, pendientes de cargarlos al transporte que los llevaría hasta los cuarteles abiertos de la fosa común del cementerio de Vegueta, en el otro extremo de aquella ciudad de Las Palmas del año 37.
Observaba los cadáveres detenidamente y había algunas caras que identificaba de las tediosas sesiones del tribunal militar que presidía. Entonces miró su reloj y luego al hombre del mandil que llevaba una tela azul amarrada al brazo con el yugo y las flechas de Falange para decirle con un hilo de voz casi femenino:
—¿Estos son los fusilados de hoy camarada?-
El fascista lo miró con el rostro pálido y desencajado, cuadrándose de forma exagerada y alzando el brazo en señal de saludo con un ¡Arriba España! Parecía borracho cuando balbuceaba con acento andaluz un:
—¡A sus órdenes mi capitán! Si señor, estos son a los que hemos dado café del bueno durante la mañana, todavía quedan quince más en los barracones que serán fusilados a partir de las cuatro de la tarde-
El oficial no contestó y se quedó parado delante de los muertos de todas las edades que con los ojos abiertos parecían mirarlo fijamente a los ojos:
-Súbanlos ya cojones, no quiero ver aquí esta basura, apresúrense para fusilar a los otros. No esperen a la hora prevista-
Luego el asistente le abrió la puerta del auto cubriéndolo con un paraguas negro. Desde la ventana no dejaba de mirarlos allí amontonados. Aparentaban estar vivos y por sus caras corría como lágrimas el agua de la tormenta teñida de rojo.
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