27 septiembre 2020

Balones de barro rojo

Lebensunwertes Leben watercolor on cardboard, 1979.

En Albareda es donde se afiliaban todos los traidores, se metían en Falange pa evitar que los detuvieran y asesinaran, me dio tristeza ver a tantos malditos cogiendo ese carné sanguinario, mientras miles de los nuestros recibían los tiros en la nuca en cada rincón de la isla.

Eustaquio Rivero Santana

«(…) Cuando salimos del Campo del Muelle Grande, tras ver el partido Marino-Victoria, íbamos contentos por el triunfo «vitorino», los dos golazos de Miranda y Corona, que sacó el balón de la banda con un malabarismo, metiéndose en el área con la bola en el tobillo, enganchando un macanazo que dejó al cancerbero marinista tirado en el suelo mordiendo el polvo. Entonces ya en la calle Albareda vimos a dos hombres salir de la sede de Falange, se nos quedaron mirando a la cara al vernos tan felices por el triunfo, entonces el más viejo nos pidió la identificación, allí nos tuvieron pegados a la pared del Pabellón casi una hora. Nosotros no eramos políticos, si habíamos simpatizado con la República, pero nunca estuvimos en ningún partido. Alejandro se vino abajo cuando nos dijo el cabo Fuste que entráramos a la sede, nos quitaron las banderas del Victoria, nos hicieron sentar en una sillas del patio. Dentro se oían los gritos de un hombre y un niño llorando, luego supimos que habían detenido a más aficionados después del partido, era un vecino de Guanarteme que fue al fútbol con su hijo, un tal Juan Santana, le daban leña delante del niño porque querían sacarle información, el pobre muchacho rogaba que lo dejaran, que no había hecho nada, que no conocía a nadie del Partido Comunista, pero lo cosieron a golpes, luego lo sacaron envuelto en una manta llena de sangre, estaba muerto con el cuello cortado, al niño se lo llevó una mujer vestida de azul en sus brazos, el pobre chiquillo no paraba de llorar y gritar por lo que habían visto sus ojos. Luego nos tocaba a nosotros. Yo miré a los ojos de Ale, parecía que podía hablarle con la mirada, luego miré pa la puerta, el falange que la vigilaba estaba hablando con uno de los que llevaban las tartanas del Puerto a Las Palmas, entonces salimos corriendo, le dije que se separara de mi, que hiciéramos zig zag, al rato se oyeron los tiros de revolver detrás de nosotros, nos metimos por la calle Faro y empezamos a callejear sin parar de correr, la gente nos miraba asombrada, los dos estábamos bien en forma porque jugábamos al futbol todos los días con los compañeros de la Carga Blanca en el Muelle Pesquero, en menos de un minuto llegamos a la Playa de Las Canteras, empezamos a caminar despacio, como si mantuviéramos una charla amistosa, ya nadie nos miraba, nos secamos el sudor con los pañuelos y mi corbata negra de luto por mi padre. Cuando llegamos a Guanarteme sabíamos que tocaba despedirnos de nuestras madres, que tal vez ya nunca más nos volverían a ver, ahí comenzó la triste travesía del exilio…»

Testimonio de Sinforiano «Sinfo» Batista Afonso, jornalero en el Puerto de la Luz de Las Palmas entre los años 1926-1937.

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