«Cigarra maldita, ¿por qué honda sima sus cuerpos vomitas? Por todas las Islas unas lenguas gagas tiemblan en esquinas. Dicen que barrancos correrán con sangre y con rojo llanto…»
Francisco Tarajano – Años malditos
Santiago Artiles, nunca quiso beber del agua que le llevaba su padre del Barranco de Guayadeque, aunque la trajera en aquellos viejos garrafones de cristal forrados de cereto de estera:
-Está fresquita mi niño bébetela- decía Juan Berto “El cojo” en la entrada de la casa junto a la Iglesia de San Sebastian.
El joven pedrero era consciente de lo que había en el fondo de las perforaciones acuíferas de aquella quebrada sagrada para los antiguos canarios, repleto de cuevas funerarias con restos humanos, momificados y depositados allí con mucho respeto por los ancestros, rodeados de cerámicas, pintaderas de barro, conchas y otros utensilios mágicos:
-Huesos de hombres asesinados por la gente rica del pueblo con un tiro en la cabeza, arrojados a los Pozos de Las Nieves y otros más arriba, cerca de la Caldera de Los Marteles- pensaba Santi recordando lo que le había contado su bisabuelo Cho Pancho Cubas, el pastor de cabras que se pasaba medio año en La Cumbre.
Jamás bebió porque lo sabía todo:
-Más de cincuenta o setenta jornaleros de los sindicatos, los que no podían llevar a la Sima Jinámar cuando el Conde tenía ocupados sus camiones; ejecutados en la oscuridad de aquel remoto pago perdido, donde solo se escuchaban los disparos en Cuevas Muchas y las casas excavadas en la toba basáltica de Las Toscas, Cuevas Caídas, Montaña Las Tierras o El Espinillo- le contaba en su infancia el viejo a la luz de las velas, poco antes de fallecer en el camastro de paja en sus últimas noches aquel noviembre lluvioso del 39.
No bebió, no, jamás probó, ni siquiera un sorbo, del líquido fresco del olvido.
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