5 diciembre 2020

Calabozo y pinga

Campo de concentración del lazareto de Gando (Gran Canaria). FOTOGRAFÍA CORTESÍA DE FERNANDO CABALLERO GUIMERÁ

“Como sabía escribir a máquina, me destinaron a las oficinas. Tomaba nota de lo que los presos declaraban. Cuando no les gustaba lo que contestaban, les daban con un palo en los riñones. Una y otra vez. Eran tremendamente duros los interrogatorios”.

Luis Ortiz (Diario El País, 13 de marzo de 2019). «Terror de los campos de Franco».

«(…) El calabozo de la Casa Consistorial de Tamaraceite estaba abarrotado, éramos más de noventa hombres en un espacio diseñado para diez o doce, nos teníamos que mantener de pie durante el día ya que no había hueco para acostarse, de noche nos acurrucábamos como podíamos unos encima de otros. El mal olor llegó un momento en que se hizo insoportable porque llevábamos más de veinte días sin bañarnos, las necesidades las hacíamos en unos cacharros que nos daban y que luego teníamos que entregarlos a los falangistas. Aquel espacio sin ventanas se convirtió en uno de mis mayores infiernos, por la noche nos sacaban «de paseo», como decían los falangistas, al frente del Sargento Pernía y el Cabo Juan Santos, ambos policías municipales pero jefecillos de Falange en esta zona de la isla. La salida consistía en llevarnos en un camión a Los Giles y darnos leña de mala manera en la explanada junto a la finca de «Las Máquinas» que era de los Betancores. Nos daban con porras de madera, látigos y pingas de buey, lo más curioso es que no era para sacarnos información, más bien por el placer de hacernos sufrir, si algún compañero moría o lo veían muy mal lo lanzaban todavía vivo directamente al pozo de esa finca que todavía existe, muy cerca de donde ahora la gente se tira en parapente, una noche que yo estaba muy mal casi pruebo el pozo, gracias a Dios que tuve fuerza para levantarme y caminar unos metros, sino voy abajo. Luego nos traían todos desmadejados, la ropa rota, las cicatrices profundas en todo el cuerpo, la piel y la carne destrozada, con heridas profundas que muchas veces se infectaban y no teníamos nada para tratarlas. Allí estaba tu abuelo Pancho, el alcalde de San Lorenzo, Juan Santana Vega, el secretario municipal, Antonio Ramírez Graña, el Inspector Jefe de la Policía Municipal, Manuel Hernández Toledo, Domingo Valencia, que era casi un niño de quince años, pero al que también le daban leña, ahí no había edad para ser torturado. Nos tratábamos de aliviar las heridas con saliva, ya que la poca agua que nos daban una vez al día nos la bebíamos, la comida no pasaba de un caldo a las doce del día, con dos o tres trozos de papas y muchos chinches dentro. Luego de allí nos fueron sacando para seguir haciéndonos sufrir, unos directos al Consejo de Guerra y el fusilamiento, otros a los centros de tortura de Las Palmas de donde no salían vivos o a pasar muchos años en los campos de concentración de Las Torres, La Isleta o Gando y en la cárcel de Barranco Seco. Nos acostumbramos a vivir al límite, a no comer, a ser un saco de huesos, a bebernos los meados si había mucha sed, a sobrevivir como muertos vivientes en aquellos años oscuros…

«Testimonio de Manolo Dieppa Santana, vecino de La Montañeta, Tamaraceite, preso político del Frente Popular en la isla de Gran Canaria durante siete años.

Entrevista realizada por Francisco González Tejera el 29 de marzo de 2002, en el barrio de La Suerte, Las Palmas GC.

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