Francisca González Rodríguez (Archivo familiar)
«Oler en el corredor vieja colonia derramada por una mujer, el olébano que cosquilleó la nariz de un moribundo en su última hora y esa risa lejana de un parto feliz, me exilian de estas paredes, me susurran que yo no vivo aquí.»
Félix Francisco Casanova – Cuarto de alquiler
Nuestra abuela Frasquita González, fue la última funcionaria del Ayuntamiento de San Lorenzo, antes de ser anexionado pistola en mano por el Ayuntamiento de Las Palmas en 1937.
Tras fusilar al grupo de gobierno del Frente Popular, detener y pasar por Consejo de Guerra Sumarísimo a su marido, Juan Tejera, que fue condenado por militares fascistas primero a la pena de muerte, luego a cadena perpetua, de la que cumplió doce años en campos de concentración y cárceles de canarias y la península.
Se quedó sola con cuatro hijos entre todo tipo de miserias y calamidades para que no se le murieran de hambre. La degradaron y persiguieron por ser personal municipal, esposa de un preso político comunista, otorgándole un puesto de limpiadora de la sede de Falange en Tamaraceite, ubicada en la actual casa del cura, donde pasó casi veinte años, para luego trasladarla a los baños públicos de la calle La Pelota en el corazón del barrio colonial de Vegueta.
Yo viví una parte corta de su primer destierro laboral, donde algunas veces la acompañaba de pequeño y me sorprendía ver aquellas banderolas con el yugo y las flechas, los palos, tenazas, una bañera con agua sucia, navajas de afeitar muy cortantes y barras de hierro que utilizaban para las torturas.
¿Cuántas mujeres y hombres del pueblo pasarían por aquel infierno?
Se me quedó grabada una momia guanche que tenían expuesta en una mesa, hallada en las primeras construcciones del Lomo de los Frailes. A mí me daba mucho miedo y mi abuela se reía. Olía muy mal y las cuencas de sus ojos todavía con material orgánico parecían mirarme con curiosidad desde su silencio de siglos.
Un día Juan Santo, que era el jefe falangista, ordenó a mi abuela que la tirara a trozos en un estercolero que había junto a la iglesia de San Antonio Abad. Yo le ayudé con temor, viendo las distintas y pormenorizadas capas del proceso de momificación. No sé porqué, pero siempre he pensado que era una mujer. Posiblemente de cierta importancia y relevancia en los años que murió tras la guerra de invasión castellana en la Isla de Gran Canaria.
También recuerdo que en el cuello tenía un collar de moluscos marinos, que Frasquita se guardó en el bolsillo y conservó muchos años colgado junto a su mesa de noche:
-Nos protegerá de estos malhechores- me decía, cuando yo contaba las conchas brillantes antes de dormirme soñando con unas islas repletas de vida y esperanza.
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