12 de septiembre de 2026

«Los iban llevando en grupos hasta el campo de tiro y allí los acribillaban a balazos sin mediar palabra. Lo más terrible era la espera mientras escuchaban como iban fusilando a los otros…»

Salvador Guerra Morales

Les llevaron un plato de rancho frío de la milicia al barracón antesala de la muerte en aquella volcánica montaña desolada de La Isleta en Las Palmas. La misma comida sin sabor y oliendo a podrido que sentados con los fusiles entre las piernas degustaban los soldados del pelotón de fusilamiento.

Ni Juan, ni Pancho, ni Antonio, ni Manuel, probaron bocado ¿Cómo se puede comer sabiendo que en dos horas te fusilan?

El capellán militar apellidado Lantigua volvió de nuevo sudoroso a intentar que se confesaran y tomaran la Comunión. Unas hostias diminutas que llevaba en uno de los bolsillos laterales de la sotana ensangrentada, pistola al cinto, un brazalete azul con el yugo y las flechas.

Los hombres sabían que el cura daba tiros de gracia cuando el teniente Lázaro no llegaba de los bares y casas de putas del Lugo. Los cuatro miraron sentados en el suelo como niños desconsolados y volvieron a negar con la cabeza. Solo Santana Vega, el alcalde comunista de San Lorenzo, le balbuceó con voz temblorosa que se fuera, que los dejara solos en aquellos instantes finales:

-Aquí no venga apadrinando el crimen con sus crucifijos y rezos maldita cucaracha-

Luego se volvieron a escuchar nuevas detonaciones, vítores de los falanges y familiares que asistían cada día al “espectáculo” macabro. Llantos de las pocas mujeres que autorizaban no se sabe cómo a las ejecuciones de sus seres queridos.

Se miraban entre ellos, no articulaban palabra, tan solo Hernández Toledo, el más joven, pidió entereza entre sollozos:

-Muramos como hombres conscientes, no les demos el gusto de mostrar nuestra amargura-

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