22 octubre 2020

Conjuro de sal

Imagen: The Circle Author: Parvanaphotography http://parvanaphotography.deviantart.com/

«Se juntaban mujeres, de muchos sitios y subían a lugares impregnados de belleza y magia, elegían la hora más nocturna, justo cuando las lechuzas vuelan en silencio atravesando el bosque, la consigna era resistir, envolver de coraje a las que dejaron sin nada». Margarita Suárez Padrón

«(…) Estaba lloviendo a mares cuando se llevaron a Julio, lo vi pasar por mi puerta rodeado de falangistas, yo abrazada a mi madre quise lanzarme a abrazarlo, pero ella me retuvo no se como, pero sacó fuerzas de no se sabe donde a pesar de su grave enfermedad de los huesos. En la explanada del Barrio de los Condenados los subieron a los camiones, venían otros hombres de Buenavista, de Los Silos, de Hoya de Pineda, de Los Llanos, de Nido Cuervo, de Tegueste, todos eran muchachos conocidos, algunos luchadores de lucha canaria como Julio, otros futbolistas, todos trabajadores honrados, jornaleros, pastores, buenas personas que no habían hecho nada malo. Desde la casa veíamos como los maltrataban, la lluvia fría limpiaba la sangre que corría carretera abajo hacia la carretera de Agaete, era una escorrentía roja que bajaba junto con el barro de la tierra. Yo me volví loca cuando se los llevaron, sabíamos lo que habían hecho hacía apenas unos meses con los del Valle de San Pedro, todo el mundo decía que los habían tirado en la Sima de Jinámar, uno de los falangistas, el que dirigía todo era Vicente Trujillo «el mojica» de Las Palmas, conocido porque tenía tierras en la zona, también estaba Olegario Rodríguez, que era de Arucas, junto a los hermanos Marrero que tenían fama de criminales, esos eran los jefes, luego había Flechillas y Balillas de Guía, Agaete y Gáldar, que ayudaban en el maltrato, en los golpes, en amarrarlos y cortarles las muñecas con la soga de pitera. Yo cuando vi que el camión salía camino abajo casi me vuelvo loca, tiré corriendo por allí pabajo hundida en el fango, me caí varias veces y fue cuando me partí el brazo. Así y todo seguí, no me dolía en sangre caliente, en la lejanía escuché a Julio: -Adiós mi amor, tranquila, no te preocupes, volveremos- Allí me quedé sentada, enterrada en el barro, el agua me corría por dentro de la ropa, no paraba de llorar por mi amor, yo sabía que lo iban a ejecutar esa misma noche junto al resto de los muchachos. Entonces una mano tibia me tocó el cuello, me agarró por los brazos, me ayudó a levantarme, era una mujer desconocida: -Tranquila mi niña, las mujeres seguiremos resistiendo- me dijo. Noté un calor suave y una sensación de paz interior que no había sentido en mi vida, estaba seca, llevaba un vestido negro como de luto y el pelo muy largo. Sentí su abrazo entre la lluvia, su consuelo, su amparo, luego vi a varias mujeres más que venían bajando la ladera descalzas, con poco abrigo, parecían mujeres fuertes, que no les afectaba el frío de aquel diciembre del 36: -Venimos de Tamadaba esta noche, arriba hicimos la hoguera- dijo una con el pelo blanco pero de menos de treinta años. Me dejaron en mi casa, mi madre estaba sentada en la silla de siempre con sus muletas, aquellas mujeres olían a Romero y Tomillo de los Riscos del Fin del Mundo, donde la niebla es la mitad del cielo. Gracias a ellas pasé todo aquello, todavía sigo viéndolas, aunque mi madre dijo que no había nadie…»

Testimonio de Rosita Rodríguez Aguiar, vecina del Barrio de los Condenados, municipio de Gáldar, en los años del golpe fascista y el genocidio.

Entrevista realizada por Francisco González Tejera, en el Risco de Abajo (Agaete), el 16 de abril de 2004.

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