26 septiembre 2020

De la ternura del nacer

A estas horas me revolvía en la placenta, algo raro sucedía, mi madre se movía más que otros días, aquella placentera existencia parecía acabarse, se salía todo el líquido que me sostenía en la ingravidez del amor y la ternura.


Francisco, se llamará Francisco, escuchaba afuera, Francisco por Pancho su abuelo fusilado decían voces en susurro, yo me aferraba al minúsculo espacio, no sabía de qué  forma mantener el placer, la sensación de protección, el cariño de los fluidos que entraban por mi ombligo en unas cosquillitas dulces.

Las seis de la mañana marcaron mi vida, me asomé al mundo, llovía a cántaros aquel 3 de noviembre, mi abuela esperaba su segundo nieto, la Tierra parecía abrirse de par en par, olía a salitre allí tan cerca del mar, no imaginaba que fuera tan duro transitar por el mundo, verme esta noche de un siglo perdido ante un teclado recitando en silencio una dulce letanía de resistencia.

Ternura de Oswaldo Guayasamin
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