24 septiembre 2021

Desde el abismo

Restos humanos durante la excavación realizada en el pozo de Tenoya, isla de Gran Canaria (C7)

«¿Y qué pasará si se muere el último testigo? ¿Qué pasará con aquella memoria desangrada? ¿Con la mujeres llorosas bajo el mar de nubes y la arena? ¿Con los ojos luminosos de los niños viendo como se llevaban a sus padres? ¿Si entierran para siempre al último emisario?»

Anónimo

Al fondo del pozo solo veía un diminuto circulo de claridad en la boca, un espacio que ahora parecía pequeño, que jamás podría caber un hombre por allí, abajo Damián Curbelo se mantenía a flote rodeado de cadáveres, muertos amigos, compañeros de lucha y el agua roja de sangre.

No entendía como había fallado el disparo en la nuca, que solo le rozara la oreja, pero igual lo tiraron, más vivo que nunca, rebotando contra las cortantes paredes que le rajaron la piel, por eso parecía que el agua le refrescara las purulentas heridas.

Desde su detención el 17 de marzo de 1937, en el barrio aruquense de Santidad hasta el pozo de Tenoya no había casi nada en aquel camión, menos de media hora de sufrimiento, recibiendo los golpes terribles de los pistoleros de Falange, patadas, puñetazos, culatazos, insultos, lo que los convirtió en absurdas marionetas en manos de aquellos asesinos.

El joven pintor sabía que allí no tenía nada que hacer, intentó escalar cuando arriba se hizo el silencio de la borrachera de los nazis, la escalada no conducía a nada, las paredes redondas estaban demasiado mojadas, desde que lograba subir un poco caía al fondo de nuevo, aún le quedaban ochenta metros.

Así que decidió renunciar, dejarse morir lentamente, se atrevió a hundirse hasta el fondo imposible, pero desde que perdió la respiración y empezó a tragar agua nadó como un poseso hasta la escasa superficie, los cuerpos de sus amigos parecían agarrarlo, acariciarlo, darle ánimos para resistir.

Arriba parecía que ya era otro mundo, que observaba el cielo azul como quien mira desde el otro lado de la muerte, sabiendo que no hay nada que hacer más que aguardar el instante atroz, tal vez dulce, inalcanzable, desconocido de cerrar los ojos para siempre.