«El obispo de Badajoz, Isidro Lomba, empuñó una ametralladora durante una matanza y disparando a ráfagas veía caer acribilladas a mujeres y hombres que tan solo defendían la democracia.
Ramón Suárez de Figueroa
-Perdona a tu pueblo señor, perdona a tu pueblo, perdónalos señor- cantaban por el Paseo de los Mártires bíblicos en la procesión con el Cristo crucificado aquella tarde de viernes santo del 68.
En mi inocencia llegué a pensar que habíamos cometido algún delito, una terrible infamia contra un ser superior, omnipotente, que nos miraba receloso desde algún lugar desconocido y lúgubre, mientras andábamos como hormiguitas ateridas por la calle oscura bajo aquellas nubes negras.
Delante tras varios curas y monaguillos desfilaba un grupo de falangistas con aire marcial. Mi madre con un velo negro en la cabeza no decía nada, solo me llevaba de la mano y olía a incienso, al sahumerio de los entierros.
Me inundaba tanta tristeza. Ese día supe por casualidad lo que había pasado en mi familia. Los motivos de porque no había celebración cada Nochebuena, el asesinato la Navidad del 36 de mi tío Braulio con cuatro meses en su cuna, la detención y fusilamiento de mi abuelo Francisco.
-Perdona a tu pueblo señor- decían y las sotanas me daban miedo, el terror que puede sentir alguien de siete años descubriendo que una masacre arrasó por todo.
Lo que no entendía y temía, la imagen mental de un Dios terrible que no estaba con los oprimidos y marginados, con los empobrecidos de la Tierra, sino al lado de los opresores que habían masacrado, torturado, asesinado.
-Perdona a tu pueblo señor- mi madre apretaba mi mano y las mujeres enlutadas avanzaban entre el sonido de la música militar.
Algo se rompió dentro de mí ese día para siempre.
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