24 septiembre 2020

Desescalada hacia el exterminio

Los animales toman las ciudades durante la cuarentena.

Todo seguirá igual en la nueva «normalización» que imponen los gobernantes, aunque siga el virus, ¿Normalizar el qué? ¿Lo que ya era una destrucción progresiva de la madre naturaleza? ¿La extinción de miles de especies cada semana? El calentamiento global de un planeta que nos quiere fuera de sus tristes y desolados ecosistemas.

Los delfines que regresaron felices a las aguas limpias de la orilla, pensando quizá que habíamos tomado conciencia, volverán llevándose a sus crías a las profundidades, huyendo de las hélices de las motos acuáticas que les destrozan la carne, de millones de guantes y mascarillas infectadas flotando en el mar.

Estos días lo he visto en mis escuetos paseos huyendo del bullicio de los horarios programados, de la locura de la gente que no tiene conciencia de la magnitud de la situación de una pandemia que será en breve mucho más mortal, tipos que se te acercan a menos de un metro o que estornudan a tu lado, guantes y mascarillas usadas colgadas en los troncos de las palmeras, tiradas en el suelo, fuentes con agua cristalina donde flotan servilletas usadas para sonarse los mocos.

Aquel silencio del confinamiento que me permitió ver o escuchar animales que desde niño no sentía, fue un verdadero espejismo, la recuperación de la ecología sin nosotrxs es un hecho, por eso he imaginado soñando despierto la recuperación ambiental del planeta si nos extinguiéramos del todo en las sucesivas oleadas de los Covid y otros virus peores que irremediablemente llegarán en los próximos años. Fue un sueño bonito ver siervos y osos con sus crías campando por una gran ciudad, jabalíes con su piara de bebés y ovejas correteando en un centro comercial.

El canto del buho chico cazando entre la araucaria y los dragos de mi casa, la lechuza blanca y de vuelo silencioso contemplando atónita una isla sin coches, sin humanos, sin ruido, sin humo, sin gritos, sin ese olor mortal al que huelen los homo sapiens, del que todos los animales huyen como del fuego más mortal, el olor a muerte más terrible que ha existido en la historia de su fecunda madre.

En medio de la cuarentena, delfines se pasean por la bahía de Cartagena y Santa Marta Imagen de referencia: Pixabay.com

Un amigo íntimo que no puedo nombrar a petición suya me ha enviado estos últimos meses al móvil vídeos que tampoco puedo difundir, son de una playa solitaria donde vive con su familia en una casa ocupada en un barranco hace más de treinta años, un lugar ya de por si imposible y alejado para llegar, lo que he visto a pocos metros de la orilla me ha hecho llorar, imágenes insólitas hace tan solo tres meses, seres mágicos de las profundidades confiadas a menos de dos metros de la arena limpia del fondo, lo más parecido que he observado a la felicidad plena en sus ojos brillantes e inteligentes.

Comentamos, que solo será apenas por un tiempo, que en breve de nuevo esa playa y otras estarán llenas de basura, de plásticos, de tortugas enredadas en las redes de arrastre, de delfines y zifios varados con los pulmones repletos del microplástico que los humanos utilizamos diariamente.

Así será esto cuando no estemos pensamos, debatimos, hablamos muy poco, yo lo traje una vez desde su confinamiento voluntario a dar una conferencia a la capital, desde que comenzó a hablar con su bajo tono toda la sala se quedó en silencio, era la voz de la paz interior, de la ternura natural, el mismo sonido que emiten los animales que siguen viviendo en libertad a pesar de la casi destrucción del planeta.

Nos queda poco en la Tierra, por ello ese afán desesperado de los multimillonarios de Silicon Valley y de otros lugares del exterminio en construir bunkeres gigantes bajo la tierra fértil de Nueva Zelanda, saben a la perfección que esto se va a pique, por eso tratan de mantener su esencia destructiva en esos pocos espacios de esa isla mágica hasta que se le agoten los recursos y tengan que salir a enfrentarse con lo desconocido, los animales y especies vegetales que sobrevivan colonizarán de nuevo el planeta, lo llenaran de sus cantos armoniosos, de sus rugidos y aullidos a la madre Luna.

Las selvas serán de nuevo observadas desde el espacio como el mejor legado natural de este trocito de polvo estelar donde ahora vivimos.

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