27 de julio de 2026

Día de Reyes

«(…) Por el cinco de enero, para el seis, yo quería que fuera el mundo entero una juguetería. Y al andar la alborada removiendo las huertas, mis abarcas sin nada…»

Miguel Hernández

Esa víspera de Reyes del 68 detuvieron a mi abuelo Juan Tejera. Mi abuela Frasquita González se lo decía siempre:

-No digas nada muchacho que sabes que tienes la cuchara en la cárcel-

Yo era muy pequeño pero desde que me levanté muy temprano a mirar los juguetes que podía regalar una familia que vivía dignamente en la pobreza se notaba algo raro en el ambiente de un hogar perseguido.

Mi madre no estaba, habían, bajado juntas en el coche de hora a la comisaría de la Plaza de la Feria en Las Palmas. Todo había sido una discusión en un bar donde un tal Vito que era primo lejano le había llamado “Comunista”.

Juan le respondió que “por chivatos como el mucha gente estaba siendo torturada y asesinada”.

Luego hubo una tangana cuando el viejo fuerte como un roble por su oficio de picador de piedra en canteras lo agarró por el cuello y lo levantó en peso.

Los amigos intentaban separarlos antes de que lo asfixiara y hubieron vasos y botellas rotas, manises y queso por el suelo hasta que llegó la guardia civil y redujo al bravo Juanito “El veneno”, costándole mucho ponerle las esposas por su fuerza y resistencia de obrero acostumbrado al trabajo extremo.

Mi padre y mi tío Manolo se quedaron conmigo en casa, afuera en el callejón de San Lucas se escuchaba el bullicio de chiquillos eufóricos con sus regalos. Balones botando, chirriar de ruedas de bicicleta, detonaciones de las pistolas de misto, el sonido de un día tan especial que se hizo extraño, hasta que ya muy tarde, más de las doce de la noche, me desperté con el ladrido de los perros, los portazos del taxi.

Llegaban las mujeres de la casa con el abuelo. Yo me levanté viéndole una ceja rota, el labio partido, cojeaba de un pie. Me dio un abrazo y olía como siempre a tabaco Virginio y hierbas aromáticas de la montaña. Me agarró como un saco cemento en sus brazos fuertes y me llevó a la cuna de hierro acurrucándome con un beso:

-Duérmete mi niño, mañana nos vamos juntos a jugar a los estanques- dijo con la media sonrisa y los ojos rojos de sangre.

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