Nicolás Urdiales Perales (Quico). C7
«Siempre que se hace una historia, se habla de un viejo, de un niño o de sí, pero mi historia es difícil. No voy a hablarles de un hombre común, haré la historia de un ser de otro mundo, de un animal de galaxia, es una historia que tiene que ver con el curso de la Vía Láctea…«
Silvio Rodríguez Domínguez – Canción del elegido
Un día Quico tras un gran estruendo en su existencia, abandonó su negocio boyante, la ciudad y la trampa, y decidió iniciar una nueva vida al margen de la sociedad. Por ello tomó su mochila, la guagua con trayectoria más larga y se metió en un sendero que lo condujo a una idílica playa virgen, que según me contaba en distintas fases del año era visitada en la madrugada, unas veces por millones de cangrejos enanos, otra por algas fosforescentes, quizá el plancton de los dioses.
Vivió durante 40 años en este precioso paraje de Gran Canaria, junto a su mujer, Gabriella Rossi, y sus seis hijos e hijas que se fueron marchando en distintos momentos según se hacían mayores. En ese tiempo ejerció sin nadie pedírselo de protector y guardián de casi lo último que nos queda en Gran Canaria de inmenso valor ecológico sin construir.
Sufrió todo tipo de presiones por quienes utilizan ese lugar con fines malvados, hasta una brutal agresión que lo dejó tocado y la Guardia Civil según me contaba como casi siempre no estuvo a la altura:
-Solo saben agarrarte, apretarte el brazo como si te fueran a detener, tomar partido por lo injusto- me dijo una vez indignado en su casa.
Quico con gran esfuerzo organizativo se vino una vez a contar su experiencia a través de una charla a Biociudad, un evento que organizábamos en la capital. Las cientos de personas lo miraban boquiabierto cuando hablaba de cómo sobrevivían en la naturaleza toda su amplia familia, su gran conocimiento de la flora, la fauna, la geomorfología de Guguy, su conciencia ambiental, su resistencia invencible para que jamás fuera construido como la mayoría de barrancos y playas de la isla víctimas de la mafia especulativa y del turismo.
Ahora mi amigo Quico, al que no veía hace veinte años descansa. Seguramente seguirá por siempre, como los antepasados de los nativos de cualquier lugar de la Madre Tierra, habitando cada puesta de sol en ese árbol donde se sentaba esperando sereno la llegada del crepúsculo.
Te recomiendo la preciosa aportación literaria de su hija Ainhoa de la Lluvia, que fue la autora del libro ‘Nuestra vida en Guguy’.
¡Hasta siempre Quico!
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