25 mayo 2022

El alma helada

Ilustración de Fernando Vicente; represión sobre mujeres republicanas

«El corte de pelo al rape y la ingesta de aceite de ricino para provocarles diarreas y pasearlas por las principales calles de las poblaciones ‘liberadas’ acompañadas por bandas de música. No se trataba tanto de apartar o perseguir al enemigo, sino, más bien, de exhibir a una especie de supuesta ‘deformidad’ generada en la República. Era algo más que un abuso ejercido sobre las mujeres, fue un ataque a un modelo de mujer libre e independiente».

Enrique González Duro, psiquiatra autor del libro, El franquismo contra la mujer (Siglo XXI)

La vergüenza que sintió Rosita Cabrera Alonso, cuando pasó por su casa de la calle Triana y la vieron sus padres fue terrible, no solo iba con sus compañeras rapadas y llenas de heridas en el rostro, los vestidos rotos, el pecho fuera, los ojos hinchados por los puñetazos, torturas y violaciones de los nazis en un cuarto trasero del obispado, junto a la Plaza de Santa Ana, sino que lo peor era no poder evitar defecarse encima en plena calle, por los efectos laxantes del aceite de ricino.

Dejaban un resto de heces casi líquidas, de muy mal olor en el recorrido entre las risas, burlas e insultos de los numerosos viandantes, mientras los falanges que las custodiaban les gritaban:

-¿Porqué son unas putas?-

A lo que ellas tenían que responder a voz en grito:

-Por rojas, chupapollas y guarras-

La pobre Rosi llegó a divisar entre el público durante los humillantes desfiles por el centro de Las Palmas a muchos de sus alumnos del colegio La Salle, donde ejercía desde muy joven como maestra de escuela.

Algunos de los niños se quedaban serios, desconcertados mirándola, no entendían aquella aberración sobre una mujer tan buena y noble, pero la gente mayoritariamente se reía a carcajadas, lanzándoles pintura roja, huevos podridos y piedras desde las aceras.