27 octubre 2021

El amor de Frasquita y Juan

Mi abuela Francisca González Rodríguez y mi abuelo Juan Tejera Pérez, en la entrada de su casa de Tamaraceite, unos años antes de fallecer

«Se llevaron a todos los hombres del pueblo, los que habíamos estado defendiendo los derechos de la clase obrera, en el cuartelillo estábamos encerrados más de cuarenta, casi no podíamos movernos, de allí nos sacaban por las noches para darnos palizas en Los Giles, no teníamos ni forma de curarnos las heridas que se nos volvían a abrir por los golpes».

Domingo Valencia

Cuando a Juan Tejera se lo llevaban amarrado, el falange que dirigía aquella Brigada del Amanecer le dijo a Frasquita, «que adonde iba no necesitaría pantalones», en calzoncillos lo metieron en el camión donde ya estaban varios de sus camaradas.

A golpes le hicieron bajar el callejón como quien jugara con un balón de trapo, uno le daba una patada, otro un culatazo, más abajo un cabezazo, así de falange a falange, mientras la sangre de su rostro destrozado ya corría como un río por el pavimento de tierra.

La incertidumbre inundó la humilde casa de Tamaraceite, el destino de Juan ¿Qué habrían echo con él? ¿Dónde lo habían llevado? Ante el silencio sepulcral de las calles del pueblo, la gente evitaba a mi abuela cuando los miraba con ojos de pregunta sin respuesta, nadie quería saber nada con la esposa de un comunista detenido.

A la segunda noche ya empezaron a venir falangistas borrachos a molestar en la casa, sabían que Frasquita estaba sola con los chiquillos, con su hija Lola, que al ser la mayor asumió tareas de segunda madre, aquello se volvió insoportable porque querían violarla, meterse en su cama a la fuerza.

Entonces decidió marcharse a casa de su hermana, donde si había un hombre, Juanito González, que había estado a punto también de ser detenido y asesinado.

Fueron acogidos en las cuevas reutilizadas de los tiempos de los indígenas, mi madre me contaba que todos los hermanos dormían en el mismo camastro de paja, que en el techo de la cueva se veían caras de noche cuando apagaban las velas, hombres con pieles de cabra, luces de hogueras, hasta el sonido velado de las cabras recorriendo el Valle de Atamarazayt.

Pasaron los meses y se hicieron años, no lo habían matado, condenado a muerte estuvo siete años, hasta que no se sabe como se conmutó la pena, sustituida por una cadena perpetua, todo por su militancia, por pertenecer al Frente Popular, a la Federación Obrera.

Allí se conocieron mis padres, también mi abuela paterna estuvo también escondida en esa casa con sus tres niños, las cuevas de La Montañeta se convirtieron en centro de refugiados de una guerra que no llegó a las islas, pero que se llevó por delante más de 5.000 vidas, tan solo de un bando, el vencido, el que defendía la misma democracia, esa que habitaba en los ojos llorosos de Juan cuando contaba su historia.