«Al fin y al cabo la muerte es solo un sueño que se nos queda en los ojos…»
Domingo López Torres
El camión militar de la lona verde cruzaba Las Palmas con la puntualidad de un tranvía. Salía de los paredones de La Isleta, donde los pelotones de soldados y falangistas fusilaban en dos turnos fijos: al amanecer o a partir de las cuatro de la tarde. Desde allí, el vehículo bajaba toda la ciudad de norte a sur.
Empezaba el recorrido por la calle Faro, enfilaba Albareda junto al puerto y se metía en la larga recta de León y Castillo, atravesando el centro urbano bajo la mirada escondida de los vecinos. Luego cruzaba Triana, pasaba Reyes Católicos y terminaba hundiéndose en aquella pista de tierra flanqueada por plataneras que iba a morir a las puertas del cementerio de Vegueta.
Nadie necesitaba mirar dentro para saber qué traía. A lo largo de los kilómetros de asfalto, el camión iba dejando un rastro denso y oscuro. Era la sangre de los fusilados, que se escurría de la caja donde los cuerpos viajaban amontonados unos sobre otros, todavía calientes. A veces el viento levantaba la lona en mitad del trayecto. Desde las azoteas y los balcones, los que se atrevían a mirar hacia abajo se topaban con los muertos. Un viejo testigo que entonces vivía en Triana me confesó que lo que peor llevaba eran los ojos: iban abiertos, fijos, como si estuvieran vivos y te miraran a la cara a través de las persianas.
Aquella exhibición no era un descuido de los militares. Estaba pensada para amedrentar a toda la isla, para meter el miedo en el cuerpo y dejar claro que cualquiera podía acabar igual si se salía del plato.
Al llegar a Vegueta, pasadas las plataneras, la prisa daba paso a una rutina de matadero. Los uniformados soltaban las correas de la lona como quien descarga sacos de papas. Dos hombres subían a la caja con las botas manchadas de rojo, agarraban los cadáveres por los tobillos y las muñecas y, balanceándolos a la de tres, los tiraban al fondo de la fosa común. Caían unos sobre otros con un golpe seco, doblando las extremidades en posturas imposibles. Sin ataúdes, sin nombres y sin un puto entierro. En cuanto terminaban de apilarlos, el sepulturero les echaba paladas de cal viva en la cara para acelerar la putrefacción y tapar el olor, cubriéndolos después con una capa fina de tierra que apenas disimulaba los bultos. El camión daba marcha atrás, pisando el barro mezclado con sangre, y regresaba a La Isleta a por el siguiente cargamento de las brigadas del amanecer.
Las descargas de los fusiles al alba, el estruendo de la tarde y el eco de los tiros de gracia terminaron por hundir a Las Palmas en una tristeza escaseada y gris. En cada portal de ese recorrido la gente contenía el aliento, encogiéndose de hombros y bajando la cabeza para no cruzarse con el rastro de la calzada. Era un dolor mudo, masticado a oscuras en las alcobas de una ciudad que veía desaparecer a sus vecinos sin poder hacer nada. Ese espanto se quedó pegado a los adoquines, a la tierra y a las hojas de los plátanos, abriendo una cicatriz de amargura que tardaría generaciones en cerrarse, como si la isla supiera que, con cada hombre sepultado en Vegueta, le arrancaban un pedazo de su propia alma.
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